La Revolución de Mayo, el inicio hacia nuestra independencia

Del 25 de Mayo al 9 de Julio

Bienvenido al Blog Alegorico del Bicentenario Argentino, del partido Coalición Cívica ARI Córdoba.

Nuestra intención aqui es acercarte información sobre la revolución de mayo, sobre como vivimos el Bicentenario como argentinos que somos, y por eso, queremos invitarte a reflexionar como tal, a partipar de las encuestas sobre tu punto de vista, y sobre actividades que pensamos realizar más allá incluso de la fecha patria del 25...

Porque nos interesa tu opinión y porque queremos seguir sintiendo y valorando la libertad, la igualdad, la independencia, y tanto más que significo nuestro origen, es que queremos empezar a reflexionar sobre el "Ser Nacional" y por eso tenemos programadas actividades para vos, durante lo que resta del 2010- en este 2010, año del Bicentenario- en la que vas a decidir sobre las mismas. Incluso este 9 de Julio proximo es otra gran fecha para todos, para la totalidad de la Nación Argentina, como otros dias patrios por venir.

Encuestas:

Danos tu punto de vista: porque tu voto decide...

Nuestra Identidad Cultural: ¿Que es lo más "Argentino" para vos?

¿Qué "Actividad" a realizar te resultaria más interesante?.

27 nov 2010

Despedimos el 2010, Año del Bicentenario Argentino, con Actividades Culturales...

Este Viernes 3 de Diciembre del 2010 - 19:00 hs - Rioja 681

Despidamos juntos este 2010, Año del Bicentenario de la Revolución de Mayo, con Actividades Culturales...
Estan todos invitados!
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Además, entrando en el 2011, estariamos realizando un Ciclo de Cine Nacional, tal como votaron y opinaron varios de nuestros visitantes (más adelante les daremos noticias al respecto, sobre futuras actividades).
Porque será todabia más interesante el debatir sobre el Ser Nacional encaminados al 2016, cuando se festeje el Bicentenario de Nuestra Independencia.
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25 ago 2010

Una Historia Oficial(ista) sesgada...

Ensayo
Bicentenario: la historia como mentira infame

El constitucionalista José Miguel Onaindia critica en este texto la visión sesgada de la historia que domina la interpretación oficial del Bicentenario. En particular, cuestiona la extendida noción de que en el Centenario no existían las leyes sociales. Y afirma que el respeto por el relato histórico permite el pensamiento plural y es una modalidad del respeto por la diversidad cultural, que es el signo de las democracias contemporáneas.

Por José Miguel Onaindia* - Publicado el 14.08.2010 en Perfil.com


En la sesgada versión que de la historia el oficialismo realiza para celebrar el Bicentenario, se omitieron datos y afirmaron hechos erróneos que alteran el pasado e impiden una interpretación plural de lo sucedido en nuestra patria. Un hecho histórico puede comprenderse de diferentes formas y permite la construcción de un relato diverso. Pero la negación de un hecho, o su omisión, sólo conduce a conclusiones que deforman la memoria y sustentan un pensamiento único y pueril.

Entre los numerosos secretos y mentiras que se usaron para narrar nuestra historia, en palabras e imágenes, se afirmó que en el Centenario no existían leyes sociales. El dato es falso y omite acontecimientos que favorecen una versión parcial de la historia y simplifican su interpretación. Ello es así porque, además de desconocer cómo se gestó la organización nacional y las ideas que le dieron sustento –como por ejemplo las afirmaciones de Jean Jacques Rousseau cuando, en el Discurso sobre la desigualdad entre los hombres (1795), propuso que la igualdad no se reflejara sólo en el reconocimiento de los derechos individuales sino también en el uso y goce de la propiedad mediante una distribución igualitaria de los bienes–, niega hechos legislativos concretos que se sancionaron antes de la celebración del Centenario y el surgimiento del peronismo.

El sustento ideológico del constitucionalismo social y del pensamiento socialdemócrata que lo fundamenta estuvo presente en la Argentina desde los comienzos de la organización nacional. La constitución histórica contuvo cláusulas progresistas y anticipadas a su tiempo que permitieron el desarrollo de una profusa legislación social y de una jurisprudencia que aceptó el bien común como un límite al ejercicio de los derechos individuales, especialmente aquellos de contenido patrimonial. Los pensadores que la inspiraron dedicaron su reflexión a las cuestiones sociales. Basta recordar que Esteban Etcheverría, escritor esencial de la generación del ‘37, dio por título a una de sus obras capitales El dogma socialista.

En el texto de nuestra carta originaria encontramos la base normativa de estas medidas y de una concepción del rol del Estado mucho más activa que la del “estado gendarme”, en boga en esa época. No puedo dejar de señalar el texto del entonces artículo 67 inc. 18, denominada cláusula de la “prosperidad o del progreso”, cuya redacción ha quedado intacta luego de la reforma de 1994. Esta cláusula contiene una serie de actividades que el Estado nacional debe impulsar y que son concurrentes con las provincias, puesto que pueden complementarlas dentro de sus territorios. Quedan incluidas en este inciso una cantidad de normas que importan al cumplimiento del bien común y la actuación del Estado en todos los ámbitos que justifican su existencia. Estos objetivos están íntimamente relacionados con los fines del Estado enunciados en el preámbulo de nuestro texto constitucional.

En base al contenido de este inciso, que ordena al Congreso de la Nación proveer lo conducente “...al progreso de la ilustración, dictando planes de instrucción general y universitaria”, la Argentina, con el liderazgo de Sarmiento, instrumentó su arma más revolucionaria y transformadora: el sistema de enseñanza pública. La ley 1.420 que impuso el carácter gratuito, laico y obligatorio del sistema educativo y las normas, instituciones y actos que lo complementaron, permitieron que nuestro país creara el instrumento que le daría personalidad única en la comunidad internacional y le permitiría combatir con éxito la pobreza y la inequidad social.

No es honesto obviar este sistema en un análisis de la evolución social en nuestro país, porque la reducción del analfabetismo, la movilidad social que implicó, y la integración del inmigrante y los nativos derivada de su aplicación, fueron las bases indispensables para el dictado de la legislación social y el progreso de la jurisprudencia desde comienzos del siglo XX. Como tampoco puede obviarse, por su impacto en la organización plural de la sociedad, la sanción de la ley de matrimonio civil (ley 2.393) que quitó a la Iglesia Católica el registro de los matrimonios y creó una institución que permitió el derecho a casarse y formar una familia a las personas de diversos credos o que no profesaran religión alguna, anticipo del matrimonio igualitario recientemente sancionado.

Antes de la inclusión de las cláusulas sociales en el texto constitucional, que se produce en la reforma de 1949, nuestro país desarrolló una legislación social que en algunos casos (accidentes de trabajo, jornada laboral, indemnización por despido arbitrario) tuvo vigencia por varias décadas. Si fijamos el punto de partida de esta legislación protectoria del trabajo en relación de dependencia en 1905, con el dictado de la ley de “descanso hebdomadario” –dominical– (ley 4.611), iniciativa del diputado socialista Alfredo Palacios, advertimos que nuestro país se adelantó en esta materia a muchas naciones, y permitió la adecuación del estado de derecho a los requerimientos sociales y a las más avanzadas ideas que los grupos inmigrantes trajeron a nuestro país. Socialistas, anarquistas, radicales, demo-progresistas, feministas y otros grupos políticos desplegaron su acción para lograr que el Estado atendiera sus requerimientos. En este punto creo que es justo destacar nuevamente la flexibilidad del texto de 1853-60, que a través de cláusulas concretas y del espíritu que la inspiraba, cobijó sin grandes conflictos jurídicos este desarrollo, pues su propia normativa (art. 33) consagraba los derechos implícitos “…pero que nacen del principio de soberanía del pueblo y de la forma republicana de gobierno”.

Para la celebración del Centenario también se había sancionado la ley 5.291, que regulaba el trabajo de mujeres y niños, luego reformada por la ley 11.317 de 1924, y se había creado un Departamento Nacional del Trabajo para que desde la administración se atendieran los problemas surgidos del trabajo, definitivamente consolidado en 1912. En 1904 fue enviado al Congreso nacional el primer proyecto de Código de Trabajo que se redactó en nuestro país y cuyo autor fue Joaquín V. González. Luego, sólo durante el gobierno de Arturo Illia, se elaboró otro proyecto integral pero tampoco obtuvo tratamiento parlamentario, pese a que el art. 14 bis ordenó el dictado del Código de Trabajo y Seguridad Social entre los códigos de fondo, aún carente de sanción y de proyecto en estudio.

Tampoco estuvo ausente la legislación en materia de seguridad social, porque en 1886 se sanciona la ley 1.909 que instaura una jubilación para maestros, en 1887 con la ley 2.219 se instituye un régimen para el personal de la Administración Pública y en 1904 mediante la ley 4.349 se crea la Caja Nacional de Jubilaciones para Funcionarios, Empleados y Agentes Civiles de la Administración. La conciencia de lo imperioso de cubrir las necesidades de quienes debían, por razones de edad, dejar sus trabajos, estuvo presente aunque su universalización llegara décadas más tarde.

Si pensamos en los derechos culturales, la ley 4.195 de 1903 estableció la abolición de la censura teatral, hecho paradojal porque a partir del primer golpe de estado de 1930 y, con especial énfasis, a partir del golpe de 1943, se consolida un sistema de censura de publicaciones y espectáculos cuya descripción constituye una elíptica narración del autoritarismo en Argentina.

Pero no son sólo leyes sino también la jurisprudencia la que da cuenta de esta evolución, pues reconoció la constitucionalidad de normas restrictivas del derecho de propiedad y limitó su ejercicio por razones de interés público. La Corte Suprema de Justicia de la Nación declaró la constitucionalidad de la ley 11.157, que congeló los alquileres de inmuebles urbanos destinadas a vivienda, comercio o industria, porque interpretó que ,tratándose del interés de la mayoría de la población, “…no son solamente condiciones de humanidad y de justicia social las que reclaman su intervención, sino también su interés directo, ya que es elemental que una situación afligente del mayor número tiene que repercutir desfavorablemente sobre la economía general, dada la vinculación lógica de todos los intereses materiales” (caso “Ercolano” del 28 de abril de 1922).

La existencia de estas leyes y criterios jurisprudenciales constituyen un hecho innegable. Su interpretación puede ser múltiple y la admisión de su existencia no implica –como en mi valoración personal– realizar un panegírico o siquiera una adhesión a ese período histórico, pero la omisión de esos actos constituye una deformación del pasado de gravedad institucional porque viola derechos humanos fundamentales, como el derecho de aprender y pensar sin interpretaciones elaboradas e impuestas por quienes detentan el poder del estado.

En 1962 el director William Wyler llevó por segunda vez al cine la adaptación de una pieza teatral de Lilian Hellman (The children’s hour), cuya traducción a nuestro idioma –arbitraria en lo literal pero certera en lo sustancial– fue La mentira infame. El filme narra la historia de la destrucción de dos honestas docentes y su proyecto pedagógico por la mentira de una alumna resentida. El drama individual que produce la deformación de la realidad es asimilable con consecuencias más graves en una comunidad. Cuando las máximas autoridades del país y quienes colaboran en su reconstrucción del pasado desconocen y esconden hechos sucedidos, sea por ignorancia o por decisión deliberada, también incurren en una mentira infame (“que carece de honra”, según el diccionario) por sus efectos. El respeto del relato histórico es una modalidad del respeto por la diversidad cultural, que es el signo de las democracias contemporáneas. Su negación, la imposiblidad de un pensamiento plural y complejo. Los resultados ya los conocemos. Como afirmó Albert Camus, “cuando la inteligencia se apaga, comienza la noche de las dictaduras”.

*Constitucionalista. Presidente de la Fundación Internacional Argentina.

Fuente: Bicentenario: la historia como mentira infame, por José Miguel Onaindia - Perfil.com - 14/08/10
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17 ago 2010

Al padre de la Patria, en el año del Bicentenario, nuestro sincero homenaje en otro aniversario de su fallecimiento.

Al Padre de la Patria:
José de San Martín, en el 160º aniversario de su muerte.

El 17 de agosto se cumple 160 años del fallecimiento de Don José de San Martín, artífice de la Independencia Argentina y, junto a Simón Bolivar, Libertador de América.



Hoy, 17 de Agosto, se cumple un nuevo aniversario de la muerte del General San Martín, el Libertador de América. En Argentina lo recordamos como el “Padre de la Patria”. En el Perú, se lo recuerda como libertador de aquel país, con los títulos de “Fundador de la Libertad del Perú”, “Fundador de la República” y “Generalísimo de las Armas”. En Chile su ejército lo ha destacado con el grado de Capitán General.

Pero más allá de su gesta libertadora, San Martín es una pieza fundamental en la construcción de nuestra identidad nacional (Bartolomé Mitre, a través de su monumental Historia de San Martín, y Ricardo Rojas con su Santo de la Espada, forjaron la imagen del héroe). Su célebre figura en el mundo y su heroico proceder, nos hace recordar que otra conducta (de honestidad, valentia, dignidad...), otra entrega y resignación por la patria aun es posible. Por eso, rememorar su vida a partir de un nuevo aniversario de su muerte es recordar ese relato que escuchamos en los actos escolares de nuestra infancia, esa gran narración que nos conformó como comunidad y que debemos pensar y reconsiderar en nuestro camino hacia una patria justa, libre y soberana. Nuestros respetos, a la memoria del General, Don José de San Martin.
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9 ago 2010

"Costumbres Argentinas", por Beatriz Sarlo.


Opinión
Costumbres argentinas
Beatriz Sarlo


La corrupción no le importa a nadie, me dice un amigo. Los miles de minutos emitidos y de centímetros impresos destinados al tema se justificarían por lo menos en una de las dos razones siguientes: la corrupción es una noticia que la gente sigue con interés, o esas incesantes noticias finalmente llegan a interesar a lectores y televidentes.

Pero si mi amigo tiene razón, se gasta pólvora en chimangos, no sólo porque escasean los jueces y fiscales que se atrevan con la corrupción, sino también porque a muchos argentinos les resulta más o menos indiferente, aunque no lo digan de modo explícito porque sería un cinismo que pocos están dispuestos a practicar abiertamente.

La democracia aparece como un régimen que brinda oportunidades para delinquir desde el gobierno y no asegura el castigo de quienes las aprovechan. Pero las dictaduras también han demostrado ser regímenes corruptos. Los regímenes excepcionales, como el de Fujimori, en Perú, no exhibieron menos, sino más corrupción que otros, y democracias surgidas de revoluciones populares o campesinas fueron rápidamente colonizadas por un Estado que practicó la corrupción de modo piramidal y con un orden que todos los subordinados debían respetar.

Por cierto, no es ninguna garantía de menor corrupción que los gobiernos sean ocupados por elites que ya poseen fortunas cuando llegan al Estado; tampoco es una garantía que sean hombres venidos desde abajo, en largas luchas, los que arriben finalmente al poder.

Lo que acabo de describir sería un sistema universal e inevitable contra el que, como está en la naturaleza de las cosas, no se podría hacer nada. Sin embargo, hay países donde la corrupción está mal vista por la clase política en su conjunto. No es necesario ir muy lejos: Uruguay y Chile ofrecen ejemplos cercanos. Recuerdo, hace algunos años, leer en los diarios chilenos el escándalo provocado por un legislador que se había quedado con una suma que en la Argentina sería considerada de libre uso (un "vuelto", diríamos con desvergonzada sinceridad). La opinión pública condenó duramente a algunos parlamentarios británicos por gastos que aquí serían livianamente considerados parte de sus prerrogativas, y hace pocos días un ministro del nuevo gobierno debió renunciar porque había usado una asignación de alquileres para pasársela a su pareja, como si fuera un inquilino.

Es escéptica y superficial una sociedad que no les hace pagar las consecuencias de sus actos a políticos que han sido denunciados como corruptos. Se apasiona con el chimento, lo consume como si se tratara de noticias aparecidas en revistas de celebrities , a las cuales tampoco les hace pagar con su prestigio el descubrimiento de que poseen autos importados de modo flagrantemente irregular. Las celebrities , entre sus atractivos fatales, tienen el de ser transgresoras. Pero a las celebrities se las ama y a los políticos, no. Hay una disposición a creer cualquier cosa de cualquiera, y por lo tanto a pronunciar la peor de las frases de la antipolítica: "todos son corruptos".

Verdaderos problemas de la política quedan neutralizados por la indiferencia. Nadie se vuelve menos alerta ante la corrupción por falta de datos, porque los datos abundan. La cuestión pasa por la experiencia del castigo: los corruptos sin castigo son un ejemplo tan persuasivo como el de quienes no pagan sus impuestos y quedan alojados en nichos donde finalmente los pasa a recoger el camión sanitario de alguna moratoria.

En los países donde las transgresiones son duramente sancionadas, la corrupción o la evasión impositiva, tanto como sanciones morales, hacen correr el riesgo de sanciones penales. Esos crímenes no son tratados como un caso de conducta revoltosa en el último año del secundario.

Cuando la sanción penal es dura, la moral tiene un mejor terreno para implantar su discurso: se sabe que no hay que delinquir porque está mal, pero también porque existe la pena apropiada al delito. Fuera de ese régimen de delitos y penas, la ética pública se vacía de fuerza performativa.

Pero más importante que esto quizá sea el hecho de que es complicado convertir la corrupción en algo políticamente significativo. Quien estuvo cerca de lograrlo fue Carlos Alvarez. En 2000, renunció a la vicepresidencia de la República cuando estalló el escándalo de la compra de senadores. Ese acto "politizó la corrupción", es decir que la mostró no sólo como una falta moral sino también como el arma más destructiva utilizada sobre el Congreso. El camino que luego siguió Alvarez no insistió en esta línea, pero su renuncia tuvo un valor pedagógico, aunque de efecto breve.

Politizar la corrupción es sustraerla del terreno donde hoy se la muestra: el de una anomalía que se olvida para ser reemplazada por otra y, así sucesivamente, el corrupto de mañana desaloja al corrupto de ayer, confirmando el prejuicio antipolítico expresado por la frase obtusa "todos son corruptos".

El caso del majestuoso enriquecimiento del matrimonio Kirchner, que fue tan rápidamente considerado inimputable por un magistrado servicial, debiera ser explicado mejor no sólo en los detalles de una inversión inmobiliaria afortunada.

La democracia amplía las oportunidades para mucha gente que en otros regímenes no estaría en el gobierno. Esto es óptimo. Pero también amplía cuantitativamente el universo de personas que serán sometidas a todas las oportunidades que se tienen en el poder o cerca de él.

Esta desigualdad entre representantes y representados es peligrosa siempre, porque el representante sabe antes que el representado de dónde puede sacarse una tajada. Por otra parte, el representante tiene más posibilidades que el representado de inventar un discurso que justifique sus acciones. El más habitual hoy es el de los costos de la política. Los partidos necesitan financistas privados a los que se retribuye con contratos del Estado. Y esto ha sucedido no sólo en la Argentina.

De alguna manera se difunde la idea de que sólo alguien muy rico puede pagarse una campaña electoral y, entonces, la competencia queda entrampada entre el millonario y el corrupto (cuando no entre la fusión de esas dos figuras en el mismo hombre). Kirchner necesita enriquecerse porque su futuro político pasa por tener los medios para seguir en el escenario aun cuando pierda las elecciones.

Por otra parte, el ciudadano puede pensar sin malicia consciente que muchos no dejarían escapar una oportunidad tan generosa como la que se les ofreció a los Kirchner para expandir su capital. Hacer negocios lícitos y no lícitos con el Estado es una tradición argentina. Al continuarla, Kirchner cumple un sueño y adhiere a una costumbre. El crecimiento de una fortuna más allá de tasas que resulten verosímiles implica haber saltado sobre la oportunidad; desprevenidamente, podría creerse que con esto no se le roba a nadie, como si cualquier delito de corrupción se redujera a la figura del robo.

Las zonas grises abundan y son aquellas en las que es más difícil establecer un juicio si no se tiene muy claro cuál es la separación entre lo público y lo privado.

La depredación de lo público no es una actividad que sólo sea practicada por los políticos. Los delitos ecológicos, para poner un ejemplo, no son robos sino depredaciones tan evidentes como que se usa un curso de agua público para envenenarlo con basura industrial privada.

La otra corrupción, directamente política, es la que sucede con el manejo discrecional de los fondos públicos. Cuando algunas organizaciones sociales reclaman que los subsidios no sean manejados por los intendentes hacen centro en una estrategia de poder que confunde las lealtades electorales con los medios para conseguirlas.

Dejando de lado la posibilidad de que esos intendentes realicen actos de corrupción que los favorezcan directamente, lo que hacen es utilizar fondos que no les pertenecen, administrándolos en su favor o en el del gran caudillo que los adjudica. El carácter intrínsecamente corrupto de esta maniobra tiene tanto que ver con el uso político de fondos sociales como con las ocasiones de enriquecimiento personal de los jefes municipales que son responsables del desvío. Volver sobre estos casos es politizar la corrupción, porque estas maniobras realizadas con fondos públicos afectan derechos de ciudadanía.

Es obvio que, sin perder el eje de una moralización de la política, lo que parece necesario es una ininterrumpida politización de los discursos sobre la corrupción.

Esto quiere decir: extraerla de la esfera moral y definirla siempre como cuestión política, ya que la hace posible el ejercicio del poder; explicarla siempre en términos políticos, incluso cuando parece responder a extravíos personales; distanciarse del cualquierismo que afirma que todos fueron, son y serán así; señalar los usos privados de lo público como transgresiones que destruyen la vida política y social y el funcionamiento mismo de la economía; impugnar la idea de que es posible ejercer el poder de manera corrupta y, al mismo tiempo, eficaz, democrática y popular. Imposibilitar la ecuación que, en su momento, benefició a Menem: son corruptos pero gobiernan. Simplemente, si son corruptos no deberían gobernar y si gobiernan no deben ser corruptos.

Fuente: Opinión - Costumbres argentinas, por Beatriz Sarlo - La Nación - 10/06/10
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21 jul 2010

La Argentina no es un gran país, según el analisis del filosofo Alejandro Rozitchner: ¿vos que pensas?...

La Argentina no es un gran país

Por Alejandro Rozitchner
www.100volando.net

Supongamos que el amor a la patria es sincero, porque hay gente que lo siente. O supongamos que, sin necesidad de ponernos nacionalistas, a uno le pase que adore su ciudad, su provincia, su circunstancia argentina, su ser de aquí, sus costumbres y sus amigos. Está todo bien. Es lindo sentir esas cosas, son partes de una actitud sana en la existencia: querer lo propio, disfrutarlo. De ese amor surgen las fuerzas afirmativas que permiten mejorar las situaciones que queremos mejorar.

Pero ahora viene la pregunta: ¿es necesario sostener a continuación la absurda idea de que la Argentina es un gran país? Veamos los hechos: aun teniendo grandes riquezas naturales no logramos eliminar la pobreza. Hemos crecido, hemos decrecido, hemos mejorado (y lo digo en serio, siendo la principal mejoría el hecho de que no tenemos ya violencia política) y, con todo, una gran parte de nuestros compatriotas continúa padeciendo miseria. No todos los chicos argentinos comen, ni tienen educación, ni tienen adecuados cuidados de salud. No todas las personas argentinas tienen trabajo, o saben trabajar. O quieren trabajar (existen todas las variables). ¿No basta este cuadro, verdadero de toda verdad, para concluir que no somos un gran país?

Los grandes países lo son por su capacidad para los grandes logros. De nada sirve decir que todos los chicos argentinos tienen derecho a la alimentación: hay que lograr darles de comer. Los grandes países lo logran. Su producción es enorme, hay dinero, recursos. Su capacidad de gestión es alta: saben generar planes asistenciales eficaces (contrariamente a lo que podemos creer con inocencia, los grandes países gastan más que nosotros en planes asistenciales y, además, los hacen mejor). Los grandes países, cuando encaran un trabajo social, no ven los objetivos desdibujados por conveniencias políticas o por corrupción, como nos pasa a nosotros. Los grandes países saben limitar la corrupción, el uso de lo público con fines privados. Los grandes países son capaces de desarrollar fuerzas de seguridad más eficaces, porque si bien en todas partes hay delincuentes no en todas se los hace víctimas del sistema y se los quiere liberar del peso opresivo de la represión capitalista (verso campeón entre los versos posibles).

Los grandes países no viven a las puteadas con sus políticos, porque las personas que los conforman, en vez de hacer el truco de quitarse responsabilizad disfrutando del encantador arte de la puteada continua y la meritoria decepción, se meten en los partidos y generan opciones de cambio. Los grandes países no rechazan a sus políticos, tienen mejores políticos. Los grandes países reinventan la política cuando lo sienten necesario, porque las personas que viven en ellos cuando ven aspectos en el gobierno que no les gustan, se meten en el tema para dar la batalla que supone el trabajo de mejorar.

Sí, claro, queda el recurso de la potencia y el sueño. La Argentina es un gran país por las cosas que podría lograr. Pero mientras no las logre, esa presunción es narcisismo barato, nacionalismo berreta. O peor: están los que piensan que la Argentina es un gran país porque hace muchos años vivió un notable momento de desarrollo. Sin embargo, los grandes países no tiran el desarrollo logrado con esfuerzo a la marchanta en una constante fiesta de demagogia y populismo. Los grandes países continúan el trabajo.

Tenemos que asumir el peso de la verdad: el nuestro no es un gran país. Sí, somos bastante inteligentes, lindos, encantadores, cancheros, talentosos pero no tenemos un gran país. ¿Nos gustaría tenerlo? Muy bien. Es un buen objetivo. Además, alcanzable. Otros lo han logrado, ¿por qué nosotros no vamos a poder hacerlo? Hagamos lo necesario.

Una de las cosas necesarias es lo que propone este artículo: no cultivar un orgullo vacío, simbólico, un amor ideal y confundido. El amor por el país se muestra en trabajos concretos. Esa costumbre nuestra de amar mucho y no hacer nada no es amor, es blablablá. Ese simbolismo confunde, engaña, retrasa. Amar y estar a las puteadas no es amar. No tenemos derecho a vivir rechazando la política, tenemos que entrar en ella y mejorarla. Tenemos que crear un ambiente político en donde la sana competencia por el poder no genere constantes trabas en la gestión sensata. Tenemos que construir una política de creatividad y entendimiento, no una de confrontaciones y divismos, de incapacidades y disgustos constantes. Hay que hacerlo ahora, porque no sólo no somos un gran país, tampoco somos eternos. ¿Alguien quiere ayudar?

¿Vos qué pensás? Opiná acá

Alejandro Rozitchner es escritor, filósofo y novelista, trabaja como inspirational speaker y es asesor de la Secretaría General del Gobierno de la Ciudad.
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12 jul 2010

Una opinión para el debate: Acerca de la independecia y el ser libres en estos tiempos...

Hubo muchas ideas diferentes de independencia a través de la historia argentina. En 1816 la declaración de los congresales de Tucumán fue un acto formal: el país ya tenía bandera, himno, moneda y gobierno propios. Décadas más tarde, para los unitarios no había país independiente sin cultura propia; para los federales, en cambio, no existía nación sin defensa de la soberanía. Así, la Generación del 80, Yrigoyen y el peronismo dieron nuevos significados al hecho de ser libres. Hace unos años atras en Clarín, Félix Luna los resume y ofrece su punto de vista sobre cuál de ellos tiene más lógica en este mundo de fin de siglo

¿Qué significa ser libres?

Por Félix Luna

Que yo sepa, la palabra independencia tardó tres o cuatro años en incorporarse al vocabulario revolucionario en las Provincias Unidas del Río de la Plata. Más bien se hablaba de libertad y el concepto de emancipación se reservaba para una etapa posterior, cuando las armas patriotas alejaran el peligro de una derrota. Cuando Alvear tomó Montevideo, esa pistola que desde 1810 apuntaba al pecho de la revolución , recién entonces empezó a hablarse abiertamente de independencia, aunque ya para entonces estas tierras tenían bandera, himno, moneda y gobierno propio. Pero los dirigentes porteños eran cuatos y avanzaron solo paso a paso. Cuando en 1816 el Congreso de Tucumán proclamó solemnemente la independencia, esta ya era una circunstancia irreversible que los congresales se limitaron a homologar.

Múltiples sentidos Independencia era, pues, una patria libre de toda dominación extranjera. Pero la palabra fue cambiando de connotación con el transcurso del tiempo. Para Echeverría ser independiente incluía una cultura propia. Para Rosas, la independencia era el ejercicio irrestricto de lo que hoy llamaríamos soberanía. Los organizadores del país y los hombres del 80 fueron celosos de la independencia política pero entendieron que una nación periférica como la Argentina tandría que hacer concesiones a los intereses extraneros si quería alcanzar objetivos de progreso que la robustecieran. Yrigoyen produjo algunos gestos y palabras en el campo de la políticca internacional que expresaban una mayor autonomía de decisiones: tal, la neutralidad o la no incorporación a la Sociedad de las Naciones. En las décadas de 1930 y 1940, sectores nacionalistas batieron el parche sobre la independencia económica y Perón declaró que esta era una realidad, en Tucumán, en 1946.

Los ejemplos podrían seguir, pero quiero decir que aquella vieja palabra que en el nacimiento de la Patria movilizó tantos sueños y tantos esfuerzos, fue ampliando su significación. No importa que las inclusiones hayan sido algunas veces pretextos para recursos políticos o que tuvieran un alcance puramente retórico; lo cierto es que los argentinos sentimos hoy que aquello que se proclamó hace casi 170 años es una concepción bastante más compleja que la de entonces. En un mundo tan embarullado como el de hoy, ningún país puede pretender una independencia absoluta: el solo hecho de adherir a Naciones Unidas y a muchos de sus organismos derivados restringe en alguna medida la independencia. Pero esta no puede limitarse tampoco a los ritos formales de nuestros símbolos patrios. Creo que los argentinos hoy centran la idea de la emancipación en la capacidad del país de decidir según sus propios intereses dentro de una razonable convivencia internacional y de una prudente relación con las naciones más poderosas. Esto parece obvio, pero debe completarse con la posibilidad de que nuestros compatriotas tengan un acceso posible a los bienes físicos y espirituales que hacen a la vida algo digno de vivirse. Dicho de otro modo, que sientan que nuestra condición de país independiente es un valor defendible, que vale la pena serlo.

Intereses comunes Está muy claro que el mundo marcha hacia una progresiva interdependencia y que la concepción de países autárquicos ha quedado atrás. Acaso la independencia radique para nosotros, argentinos y latinoamericanos, en dar a nuestros pueblos más educación y un instrumental de cultura que les permita distinguir sus propios intereses colectivos, y a la vez manejar una tecnología cada vez más imprescindible. De algún modo esta propuesta valoriza la idea de Echeverría. No la contradice sino que completa la significación de aquello que se proclamó en una casa tucumana cuando nuestro país era apenas un boceto, una vocación frágil y vulnerable.

Fuente: Sección Opinión en Clarín
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10 jul 2010

Los Jubilados deben ser nuestra prioridad: tu firma hace a la dignidad...


LOS JUBILADOS
DEBEN SER
NUESTRA PRIORIDAD

Hoy en día, más de 4 millones y medio de personas mayores cobran la jubilación mínima, que es de $895,15.

Luego de tantos años de marginación, la situación de abandono en que se encuentran los jubilados se ha convertido en algo vergonzosamente normal y cotidiano.

El reclamo histórico del 82% móvil no fue prioridad para ningún gobierno. Por el contrario, los fondos previsionales siempre fueron utilizados para otros fines.

En mayo de este año, la Coalición Cívica – ARI presentó un proyecto en la Cámara de Diputados para aumentar las jubilaciones y rediscutir el sistema previsional argentino.

En base a esa propuesta, el martes 29 de junio distintos diputados de la oposición firmaron un dictamen que establece las siguientes medidas:

1) Elevación de la jubilación mínima al 82% del salario mínimo, vital y móvil. Hoy el salario mínimo equivale a $1.500, por lo tanto, la jubilación mínima se elevará a $1.230.

2) Recomposición de los haberes previsionales según el caso “Badaro”. Para aquellos jubilados que estuvieron o están por encima de la jubilación mínima se les aplicará la movilidad del fallo Badaro, de 88,6% entre enero de 2002 y diciembre de 2006.

3) Modificación de la fórmula de movilidad actual. Se reemplazará por el Índice General de Salarios del INDEC.

En el mes de agosto, este proyecto se estaría votando en la Cámara de Diputados. El Gobierno Nacional sostiene que no hay fondos suficientes para pagar este aumento. Sin embargo, el dinero de la ANSeS es utilizado para financiar el gasto público y a empresas de dudosa o nula rentabilidad.

Por lo tanto, para que esta iniciativa se convierta en realidad es necesario el compromiso de todos.

...Firmá por una jubilación digna para nuestros mayores

En el marco de la campaña nacional: el CC-ARI local iniciará una recolección de firmas con el objeto de instar a los diputados y senadores a aprobar de forma urgente los proyectos de ley vinculados con el aumento de la jubilación mínima y el 82% móvil, pero también en lo relacionado con la reestructuración del Sistema Integrado Previsional Argentino (SIPA), la adecuación y actualización global de todos los haberes según lo dispone el “fallo Badaro”, la creación de una Prestación Anticipada por Desempleo para quienes tienen 30 años de aportes pero no alcanzan la edad mínima para jubilarse y el blanqueo de todas las sumas no remunerativas que perciben los trabajadores del sector público nacional.

Este sabado 10 de julio, por la mañana, podes acercate a informarte y a firmar en la mesa del CC-ARI Córdoba que estará ubicada en los alrededores del Cabildo.

Además podes firmar online o descarga de acá la planilla para recolectar firmas en tu barrio o lugar de trabajo, entre tu familia, amigos y vecinos y apoya el paquete de medidas presentadas por la Coalición Cívica en el Congreso de la Nación (luego las podes acercar al local partidario situado en Rioja 681, casi esquina con Fragueiro)

9 jul 2010

9 de Julio: día de la Independencia Argentina...

La declaración de independencia de la Argentina fue una decisión tomada por el Congreso de Tucumán que sesionó en la ciudad de San Miguel de Tucumán de las entonces Provincias Unidas en Sudamérica. Fue proclamada el 9 de julio de 1816 en la casa que era propiedad de Francisca Bazán de Laguna, la cual fue declarada Monumento Histórico Nacional en 1941. Con dicha declaración, se rompían los vínculos de dependencia política que los gobiernos locales tenían con la monarquía española.


El Congreso de Tucumán...

El Congreso fue convocado cuando la Santa Alianza promovía en Europa la restauración monárquica y combatía los movimientos liberales y democráticos. Comenzó en Tucumán, una ciudad del interior, por el creciente disgusto de los pueblos frente a Buenos Aires. Desde la supresión de la Junta Grande por el Primer Triunvirato en 1811 hasta el Directorio de Alvear, la conducción porteña había impuesto sus criterios centralistas, desconociendo las tendencias confederales de la mayoría de esos pueblos. Las provincias fueron convocadas para reunirse en Tucumán y enviaron sus diputados. Estuvieron incluidas algunas del Alto Perú, por entonces en manos realistas, pero se excluyeron Santa Fe, Corrientes, Entre Ríos y la Banda Oriental, por diferencias políticas. Entre los congresistas, predominaba el sentimiento antiporteño. Las sesiones comenzaron el 24 de marzo de 1816, con Alvarez Thomas como Director Supremo, en la casa de doña Francisca Bazán de Laguna y fueron anunciadas por una salva de 21 cañones. Pero pronto Alvarez Thomas renunció y el 16 de abril fue reemplazado por González Balcarce, quien también renunció. El 3 de mayo, Juan Martín de Pueyrredón, del grupo porteño, fue elegido Director Supremo, con el objetivo de pacificar y unir a todo el territorio.

Los diputados Esteban Agustín Gazcón, Teodoro Sánchez de Bustamante y José Mariano Serrano presentaron un plan aceptado por todos y cuyos puntos fundamentales fueron:

- Comunicarse con todas las provincias para insistir en la necesidad de unión y así enfrentar al enemigo externo.
- Declarar la Independencia.
- Discutir la forma de gobierno más conveniente para las Provincias Unidas.
- Elaborar un proyecto de Constitución.
- Preparar un plan para apoyar y sostener la guerra en defensa propia, proveyendo de armamentos a los ejércitos patriotas.

9 de julio: Declaración de la Independencia

Tras una serie de medidas y después de arduas discusiones acerca de la forma de gobierno, el 9 de julio de 1816, a pedido del diputado jujeño Teodoro Sánchez de Bustamante, se discutió el proyecto de Declaración de la Independencia. Después de tres meses y medio de sesiones, el Congreso proclamó este día la existencia de una nueva nación libre e independiente de España u otras naciones: las "Provincias Unidas de Sud América". El diputado sanjuanino Francisco Narciso de Laprida preguntó: "¿Queréis que las Provincias de la Unión sean una Nación libre e independiente de los reyes de España y su metrópoli?". Todos los diputados contestaron afirmativamente. De inmediato, se labró el "Acta de la Emancipación".


¿Qué pasó después... con la Declaración de la Independencia?

Desde 1813, las Provincias Unidas del Río de la Plata ya no juraban fidelidad a Fernando VII. La soberanía recaía en la Asamblea Nacional General Constituyente (Asamblea del Año XIII), que estuvo reunida entre 1813 y 1815.

Después, la soberanía pasó al Congreso Nacional General Constituyente, que estuvo reunido entre 1816 y 1820 (Congreso de Tucumán). Disuelto el Congreso y el Directorio, a comienzos de 1820, no hubo gobierno nacional en el país hasta la elección de Bernardino Rivadavia como Presidente de la República, el 7 de Febrero de 1826.

Desde 1820 hasta 1826 y desde 1827 (tras la renuncia de Vicente López y Planes, sucesor de Rivadavia) hasta 1853 (año de sanción de la Constitución Nacional Argentina que rige actualmente) cada provincia reasumió su soberanía, sancionó su constitución propias y tuvo sus propias instituciones y autoridades, independientes de las demás provincias, como si cada una de ellas fuese un Estado.

Durante esos largos períodos de autonomías provinciales, se tomó por costumbre que las provincias delegaran el manejo de las relaciones exteriores (cuerpo diplomático) y los negocios de paz y guerra en el gobernador de la Provincia de Buenos Aires.

El gobierno de Buenos Aires obtuvo el reconocimiento de la Independencia por parte de las principales potencias del mundo: Estados Unidos de América (1822) Gran Bretaña (1824) Francia (1830)

Nuestra independencia...

Este 9 de Julio del 2010, en el año del Bicentenario, se cumplen unos 194 años de la declaración de nuestra independencia, un episodio clave de nuestra historia en cuanto a la consolidación de la emancipación nacional, con lo cual se comenzó a consolidar el afianzamiento de la Nación argentina dentro de la perspectiva latinoamericana, culminando de tal modo el proceso que había tenido su comienzo el 25 de Mayo de 1810, debiendo transcurrir seis años para que la independencia cobrara realidad, allá por 1816.
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4 jul 2010

Argentina se despidio del mundial


Se termino el sueño mundialista:
...Argentina, luego de la derrota por 4 a 0 ante Alemania, se despidio del mundial. Luego de ganarle por 3 a 1 a Mexico, la final estaba más cerca pero no pudimos superar a los alemanes. Nuestra selección quedo entre las mejores 8 del mundo y la ilusión nos encontrara otra vez juntos, en Brazil 2014.
A disfrutar de lo que queda del mundial, y a palpitar desde ahora, la copa America del año próximo.
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26 jun 2010

2010 Futbolero: Argentina es Mundialista...


En Junio-Julio, todos con Argentina en el mundial de futbol.

Comenzo Sudafrica 2010...

La Selección Argentina , una pasión de multitudes:




...Ya clasificamos para los Octavos con puntaje perfecto (tenemos de rival a Mexico), salimos primero en el grupo B con un buen desempeño, y solo nos queda seguir alentando más y más, todos juntos alentando hasta la final!
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21 jun 2010

Desde Opinión Abierta: "El autoritarismo y la corrupción", por el Dip. Nac. Carlos Vega

Los artículos de Opinión no representan la posición oficial de la Coalición Cívica

El autoritarismo y la corrupción

por Diputado Nacional Juan Carlos Vega

Para salir de la decadencia debemos desterrar de nuestras prácticas la liviana convivencia que tenemos con el autoritarismo y la corrupción.

Doscientos años de vida como país merecen algo más que homenajes y flores. Creemos que el Bicentenario es una oportunidad histórica para reflexionar sobre las causas reales de nuestra decadencia como país. No con la finalidad de complacernos en el dolor de las pérdidas, sino para diseñar un país diferente y mejor.

La decadencia de nuestro país tiene una fecha histórica precisa. En 1930, la Argentina se cae de la modernidad del siglo 20. Se cae en términos económicos, pero sobre todo en términos institucionales y culturales. Allí, estaba el germen del terrorismo de Estado, el más sangriento de América latina. Allí, estaba el germen de nuestra larga inestabilidad política y de la cultura de la ilegalidad y, por ende, el germen de la inseguridad jurídica. Allí, se estaba gestando el default de la deuda soberana de 2001, también el más grande del siglo 20.

Sólo con un diagnóstico histórico honesto y descarnado de nuestro pasado, podremos mirar el futuro e intentar diseñar un nuevo modelo de país. Pero ese diagnóstico de culpas y fracasos debe ser asumido por toda la sociedad.

Genocidas y corruptos. Los argentinos debemos asumir que nuestras conductas sociales han permitido que genocidas y corruptos nos gobiernen durante casi todo el siglo 20. Los corruptos y los autoritarios no cambian nunca por la sencilla razón de que no les conviene cambiar. Con la corrupción y el autoritarismo se gana.

La historia nos muestra que países con peores crisis que las nuestras se atrevieron a enfrentar errores históricos y pudieron superarlas y escapar de procesos de disolución y decadencia. Fue el caso de Francia, cuando pasa de la IV a la V República. Fue el caso de España, después de 30 años de franquismo, cuando se integró a la Unión Europea. Fue el caso de Alemania y Japón que, de derrotados en la Segunda Guerra, pasaron a ser líderes del mundo 40 años después.

La decadencia tiene como signos:

El autoritarismo cultural que nos lleva a ver al diferente como enemigo. La dialéctica amigo/enemigo y la de absolución/condena están instaladas en el inconsciente colectivo y generan cegueras y ocultamientos, y claras dificultades a la hora de conciliar y de respetar al prójimo. No hay paz social con culturas autoritarias.

Una liviana convivencia con la corrupción. Es la tendencia de creer que la viveza criolla es una virtud. Perdonar el robo por vía del éxito y sostener que el éxito borra la corrupción es el segundo huevo de la serpiente. Debemos entender que el autoritarismo como la corrupción, más allá de ser vicios y no virtudes, sólo benefician a los ricos y a los poderosos, nunca a los pobres.

La corrupción es un delito del poder (político y económico) y ella necesita, para sobrevivir, del autoritarismo y la ilegalidad. Éste es el huevo de la serpiente de la decadencia argentina y tiene una matriz histórica clara y concreta, que es el golpe de Estado de 1930. Pero debe saberse, y esto es lo que debe cambiar en la historia argentina, que mucho más importante que el golpe de Estado en sí, fue la doctrina de la Corte Suprema de Justicia sobre la continuidad jurídica del Estado. Esa doctrina, que legaliza el primer golpe de Estado militar en el siglo 20, va mucho más allá de lo cultural. La Justicia legalizó la fuerza como valor de norma jurídica y de orden social. Y esa legalización de la fuerza por parte del Derecho argentino es la matriz de infierno de la decadencia argentina. Esa matriz nos llevó a creer que el problema era económico; que los militares autoritarios eran eficientes y que las democracias eran débiles y no garantizaban nada.

En el siglo 21, la riqueza de las naciones no pasa por la riqueza de territorios o de subsuelos ni por el poderío de las armas, sino por la riqueza de sus instituciones.

Basta ver el mapa del siglo 21 para advertir que no existe ejemplo alguno de país de peso en el escenario internacional y calidad de vida de sus habitantes que carezca de instituciones sólidas, de poderes independientes y de controles legales imparciales.

No se ingresa al Primer Mundo a través de un aumento del producto interno bruto (PIB) ni a través de los superávits de las balanzas de pago o comerciales, o del crecimiento de las reservas del Banco Central. Hoy, las riquezas petroleras, mineras, militares o agrícolas no garantizan de manera alguna crecimientos sustentables del PIB ni, menos, calidad distributiva en el ingreso.

Los países crecen en lo económico y sus sociedades distribuyen equitativamente sus riquezas sólo si tienen instituciones sólidas y confiables por parte de la sociedad.

En la Argentina, para entrar al club del Primer Mundo, debemos comenzar por relegitimar socialmente el poder del Estado. Un poder devaluado, que fue usado primero para ejercitar el terror y luego para proteger la corrupción. Un modelo nuevo impone recuperar la legitimidad del poder del Estado.

Entender que la democracia más que un sistema de elección de gobernantes por gobernados es un sistema de valores de respeto al diferente. Ése es el primer paso para salir de la decadencia. Ese debería ser el primer desafío del Bicentenario.

Y, para ello, debemos desterrar de nuestras prácticas culturales la liviana convivencia que tenemos como argentinos con el autoritarismo y la corrupción.

Juan Carlos Vega (Diputado Nacional - Coalición Cívica - Córdoba)
La Voz del Interior 28 de mayo de 2010
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20 jun 2010

20 de Junio: día de la Bandera


Bandera Nacional

Creada por Manuel Belgrano en 1812 durante la gesta por la Independencia de las Provincias Unidas del Río de la Plata. El 20 de Julio de 1816 mediante Decreto se la adopta como Símbolo Patrio, y en 1938 el Congreso Nacional sanciona una ley en la que se fija como Día de la Bandera el 20 de Junio, aniversario de la muerte de su creador.

Compuesta por tres franjas proporcionales, dos azules celestes separadas por una franja blanca central que lleva un sol naciente de color amarillo oro, rodeado de 32 rayos: 16 rectos y 16 curvos alternados.

Las medidas de la Bandera Oficial son: 1,40 mts. de largo por 0,90 mts. de ancho.

1er. Decreto Oficial sobre la Bandera

La consagración legal de la actitud tomada por Belgrano el 27 de febrero de 1812, correspondió al Congreso de Tucumán por iniciativa del diputado Juan José Paso. El Decreto, redactado y presentado por el diputado por Charcas, José M. Serrano, fue aprobado en la Sesión del 20 de julio de 1816 de la siguiente forma:

"Elevadas las Provincias Unidas en Sud América al rango de una Nación después de la declaratoria solemne de su independencia, será su peculiar distintivo la bandera celeste y blanca que se ha usado hasta el presente y se usará en lo sucesivo exclusivamente en los Ejércitos, buques y fortalezas, en clase de Bandera menor, ínterin, decretada al término de las presentes discusiones la forma de gobierno más conveniente al territorio, se fijen conforme a ella los jeroglíficos de la Bandera nacional mayor.
Comuníquese a quienes corresponda para su publicación".

Francisco Narciso de Laprida, Presidente. Juan José Paso, Diputado Secretario.

25 de febrero de 1818

El Congreso de Tucumán (trasladado a Buenos Aires), a propuesta del diputado Chorroarín, aprobó como bandera de guerra la misma que ya se usaba, pero con el emblema incaico del sol en el centro.

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10 jun 2010

Desde Opinión Abierta: "Un país sin futuro", por el Dip. Nac. Fernando Iglesias

Los artículos de Opinión no representan la posición oficial de la Coalición Cívica

"Un país sin futuro"

por Diputado Nacional Fernando Iglesias

La previsibilidad revestida de fasto con la que la Argentina festejó su bicentenario expresa dos de las principales razones del doloroso desencuentro que es esta sociedad: la confusión entre ciudadanía y nacionalismo, y la triste obsesión por el pasado.

Ríos de tinta corrieron sobre el cauce de la polémica entre quienes festejaban el segundo centenario y quienes recordaban con congoja el país del primero, como si una sociedad pudiera elegir entre su presente y su pasado olvidando el rasgo distintivo que distingue a nuestra raza de la animalidad: la orientación al futuro. ¿Qué programa político capaz de reconciliar a las provincias con su capital, al campo con la ciudad, a las clases medias con las trabajadoras y a la Argentina con el mundo, esa tremenda oportunidad, se ha enunciado estas semanas? ¿Dónde estaban las discusiones acerca de la revolución educativa que debe redistribuir nuevamente oportunidades según los méritos y no las herencias y recrear aquella ola de ascenso social que fue lo mejor de la Argentina del siglo XX? ¿Dónde la polémica sobre las formas en que se deberá abandonar las antinomias entre el agrarismo y el industrialismo para entrar en la sociedad de la información y el conocimiento del siglo XXI? ¿Quién ha dedicado sus energías a analizar las nuevas formas con las que la política debe enfrentar -en un universo globalizado por la tecnoeconomía- los desafíos planteados por las corporaciones o cómo el estado puede defender los intereses nacionales ya no por el aislamiento y la confrontación, sino mediante la integración, regional y mundial, la reforma democrática de la ONU y la construcción de un orden global más democrático y humano?

Nada de esto sino todo lo contrario: el nacionalismo como nueva religión; su festejo, como nuevo opio de los pueblos. Un país convencido de la bondad de su triste presente o creyente en que la única salida es la vuelta a las glorias del ayer. Y en el festival de sinsentidos encabezado por historiadores especializados en asincronías -que se los escucha decir que los problemas nacionales son los mismos de hace dos siglos y se teme que estén preparando un nuevo cruce de los Andes- la peor opinión fue la de la Presidenta, quien comparó a la Argentina de 2010 con la de 1910 como si el tiempo fuese una opinión y no la materia con la que se teje la Historia, y como si los millones de emigrantes que dejaron entonces Europa por la Argentina y la prefirieron entre todos los destinos americanos y los miles que abandonan el país en la dirección opuesta fueran víctimas de una alucinación.

El Bicentenario pasó desmintiendo al pensamiento mágico y confirmando lo que todos sabíamos de nuestra experiencia personal: el día posterior al cumpleaños nunca es demasiado diferente al que lo precedió. Los festejos, esa versión tamaño-baño de las celebraciones escolares, decían la verdad: allí estaba el folklore de inicios del siglo XIX, el tango de mediados del XX y el rock del final. Las manifestaciones de la cultura musical de la Argentina del siglo XXI, el rock-chabón y la cumbia villera, no se podían ni presentar. Cruda radiografía de la decadencia, no estaba en los stands la Argentina del futuro, la de la información, el conocimiento, la diversidad cultural, la innovación y la subjetividad transformados en paradigmas creadores de riqueza social y económica; la de los niños de todas las clases manejando computadoras, comunicándose sin prejuicios con el mundo y soñando con ser astronautas, científicos a la búsqueda de los límites de la nano-materia, creadores de empresas de avanzada o dirigentes comprometidos con un sistema global más democrático y con un país que supere la ridícula antinomia entre república y justicia social.

Nones. Un siglo de fracasos y el mito de la pueblada que procede invencible. Se junta un millón de personas en la calle y ya salen los profetas del “se viene un nuevo país”. Me permito recordar los episodios de este delirio de unanimidad que me ha tocado presenciar: Ezeiza, la asunción de Cámpora, el mundial 78, la guerra de Mavinas, el mundial 86, los cacerolazos de 2001. Siempre, millones de personas unidas por un patrioterismo elemental. Siempre, el triunfo de los poderes constituidos y la consolidación de lo peor. Y atrás de todo y sobre todo, el imponente error de nuestro sentido-común: más nacionalismo es igual a más ciudadanía. Como si las seis millones de personas que participaron de los festejos hubieran vuelto a sus casas convencidos de que hay que pagar impuestos y tener a los propios empleados en blanco, si se es rico, y hacer bien el trabajo, si no se lo es; de que hay que combatir la corrupción donde la haya y comprometerse en política siendo al menos fiscales, y respetar las reglas, comenzando por no tratar a la ciudad como un basurero ni orinar en la puerta del vecino. Menos escarapelas y más respeto por los demás y por lo público. Menos nacionalismo y más ciudadanía.

Nada que hacerle. Otra oportunidad desperdiciada. Una nación que se debate entre su pasado y su presente. Un país sin futuro. Una sociedad auto-celebratoria que sigue fracasando porque es incapaz de mirar a la cara las causas de ese fracaso y dejar de proponer más de lo mismo. Un país sin ciudadanos y repleto de habitantes que conciben el amor a la Patria como un partido de fútbol. Estos festejos me han hecho recordar aquella poesía de Wystan H. Auden: “Las caras a lo largo de la barra / se aferran a su mediocre jornada / Las luces nunca deben apagarse / La música debe siempre sonar / Todas las convenciones conspiran / para que este regimiento militar simule / el mobiliario de una casa / Por miedo a que veamos dónde estamos / perdidos en un bosque de fantasmas / niños temerosos de la noche / que no han sido nunca felices ni buenos”. Por suerte Dios, que es argentino, ha hablado ya desde las telepantallas y ha prometido que no nos abandonará en este Mundial.

Fuente: Opinion Abierta: "Un país sin futuro", por Diputado Nacional Fernando Iglesias - Mayo 2010
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7 jun 2010

¿Que nos deparará el 2016?...

Aclaración: todas las Opiniones a continuación no reflejan la posición oficial del partido, sino que intentan ser enunciativas nada más, o sea, a invitar al debate sobre puntos de vista, respecto a nuestro presente y pasado


Reflexiones hacia 2016 / Aportes desde el pensamiento
Ideas para el nuevo Bicentenario

Distintos intelectuales analizan cómo debe prepararse el país para celebrar los 200 años de la Independencia

Concluidos los festejos del Bicentenario, quedó planteado un interrogante frente al futuro: ¿cómo debe prepararse la Argentina para celebrar los 200 años de la Independencia, en 1816?

Según la visión de varios intelectuales consultados por La Nacion, hay distintos caminos para llegar en buena forma a esa fecha. Quienes sostienen una posición crítica frente al Gobierno insisten en la necesidad de fijar acuerdos estratégicos de largo plazo, que permitan definir un proyecto de país y planificar políticas. Y sugieren, por ejemplo, reeditar obras sobre las gestas de 1810 y 1816.

Otros intelectuales, con una mirada más cercana al oficialismo, recomiendan no desperdiciar el entusiasmo transmitido por la gente en la calle y proponen reunir ideas que mantengan viva la llama del entusiasmo popular.

"No hay que tirar a la basura las banderitas y escarapelas, sino mantenerlas vivas, para que los gobiernos y la gente puedan llevar adelante un proyecto de país", resumió el escritor Mario "Pacho" O´Donnell.

"Tuvimos una manifestación bullanguera y popular, con mucha participación, en la que se rescató el pasado. Pero no se ven en el país proyectos a largo plazo, como hubo en el Centenario de 1910, durante la presidencia de Figueroa Alcorta, y también en 1960, con Arturo Frondizi", advirtió el presidente de la Academia Argentina de Letras, Pedro Luis Barcia, quien pidió no confundir "el gozo de una celebración popular con un plan estratégico".

Barcia advirtió que "no existe ningún proyecto bibliográfico ni ediciones culturales a gran escala: lo poco que se ha reeditado fue a cuenta de las editoriales". El camino, dijo, es el diseño de políticas culturales estratégicas para los próximos diez o quince años.

El escritor Abel Posse, efímero ministro de Educación del gobierno de Mauricio Macri, consideró indispensable "remodelar el sistema político, que hoy no sirve para llevar bienestar y progreso al pueblo".

Propuso llegar a 2016 "sin carrozas ni artefactos autoelogiosos, sino con un programa en el que confluyan todos los sectores políticos, productivos, financieros, intelectuales y creativos. Necesitamos gobiernos que sepan administrar la riqueza de la gente y la riqueza de la tierra".

Posse coincidió en que la semana última hubo un festejo masivo. "Fue un festival exitoso, pero no un acto reflexivo, como el que necesitamos para enfrentar la crisis", opinó.

Por el contrario, para la escritora Luisa Valenzuela los festejos del 25 son el ejemplo para seguir. "Con eso basta. Hay que pensar en una convocatoria para todos, incluyente, y se alcanzará un amplio respaldo popular", señaló.

"Hay un fervor profundo, que no existía, y hay que continuar en esa línea. La gente está dispuesta a poner el cuerpo en lo que sea necesario. Pero hay que incluir a todos", observó la laureada narradora.

Glándula patriótica
"La experiencia que nos dejó el Bicentenario es que existe una glándula patriótica en los argentinos, que se ha activado en forma casi sorprendente", dijo Pacho O´Donnell.

Dijo que "en general hemos sido una sociedad con un orgullo nacional bastante bajo, con tendencia a la autodevaluación y una obsesión por sentir lo ajeno mejor que lo propio". Y afirmó que "los gobiernos deben estimular el espíritu patriótico, a través de la divulgación de las historias de nuestros próceres y haciendo conocer sus epopeyas: si ellos fueron capaces, nosotros también podemos. Eso eleva la moral del pueblo".

El escritor Mempo Giardinelli estimó que "el Bicentenario se ha iniciado magníficamente dada la extraordinaria participación del pueblo argentino, lo que habla de un espíritu popular intacto y no de falsas crispaciones, y se completará el 9 de julio de 2016".

Giardinelli precisó: "Muchos intelectuales, desde hace por lo menos cuatro años, hemos reflexionado y aportado ideas y acciones en múltiples foros y congresos. Es justo reconocerlo, más allá de banderías políticas o tribunas ideológicas.

"Habrá que seguir ese camino de ideas y propuestas, para asegurar que en 2016 se repitan la alegría y el orgullo que vimos estos días, pero, además, con el funcionamiento pleno de los nuevos instrumentos democratizadores, como la ley de servicios audiovisuales, hoy aviesamente neutralizada, una nueva ley de entidades financieras y, desde luego, la asignación universal por hijo, resolviendo las reales necesidades de las clases populares y afirmando la igualación social que se inició recientemente".

Fuente: Ideas para el nuevo Bicentenario - La Nación - 01/06/10

1 jun 2010

4 puntos de vista, de los obstaculos que nos impiden crecer como país.

Aclaración: todas las Opiniones a continuación no reflejan la posición oficial del partido, sino que intentan ser enunciativas nada más, o sea, a invitar al debate sobre puntos de vista, respecto a nuestro presente y pasado

Especial Bicentenario
Nudos que ataron el despegue argentino

Cuatro puntos de vista sobre los obstáculos que nos impiden crecer


Luis Alberto Romero

Investigador del CONICET, dirige el Centro de Estudios de Historia Política de la UNSAM y es profesor de Historia Social General en la UBA.
Profesión: historiador
Edad: 56 años
Libros: Breve historia contemporánea de la Argentina y La crisis argentina. Una mirada al siglo XX , entre otros.

Hoy los tres nudos de la política tienen un punto de referencia: las promesas de 1983 sobre una democracia institucional y un estado providente. Los problemas se proyectan sobre un telón de fondo de referencia ineludible: la transformación social de las tres últimas décadas y la formación de un bloque de la pobreza difícil de disolver.

El primer nudo es la democracia. La que realmente tenemos está lejos de los prospectos de 1983. La clase política tiene un nivel profesional muy bueno, pero está demasiado encerrada en sí misma, con muchas preocupaciones corporativas, poco control por parte de los partidos y pocas defensas frente a las presiones del Gobierno. La sociedad no puede controlarla mucho, porque cada vez hay menos ciudadanos, en parte por la desilusión, pero sobre todo por la pobreza. La Argentina anterior a los años setenta engendró una ciudadanía activa, interesada y educada, que pasaba sin solución de continuidad del activismo social al político. Conocimos a esos ciudadanos en 1983. Pero es difícil imaginar que surjan ciudadanos como aquellos en mundos donde la subsistencia diaria no está asegurada, sin empleo regular, ni educación ni salud. Para quien está sumergido, una elección es el momento para obtener algo de inmediato. Por esa vía han reaparecido los "gobiernos electores", como los había antes de la ley Sáenz Peña: autoridades que construyen los resultados electorales. Algunos operan en provincias chicas con mucho empleo público. Otros utilizan las redes de la pobreza de las grandes conurbaciones, con sofisticados mecanismos clientelares. Pero en ambos casos, todo se inicia y revierte en el dueño de los recursos, que es la cabeza del poder Ejecutivo.

El segundo nudo es la república. En una cuestión central, como lo es la división de poderes, se advierte la manifiesta debilidad de la institucionalidad republicana. En 1983 se creyó arraigada una democracia institucional que la Argentina no había conocido nunca. Antes -y dejando de lado las dictaduras-, la tradición presidencialista del siglo XIX se potenció con la democracia de masas, plebiscitaria y unanimista de Yrigoyen y Perón. Sólo tras la última dictadura se valoraron las instituciones que regulaban y limitaban el poder. Pero gradualmente, a caballo de las dos crisis de 1989 y 2001, y con el eficaz argumento de la situación de emergencia, el Ejecutivo fue acumulando facultades que el Legislativo le transfirió voluntariamente. Hoy, quienes quieren revertir esta situación deben enfrentar un argumento sólidamente instalado en la cultura política: lo "formal", la institucionalidad y la división de poderes sólo son trabas para que los gobiernos populares realicen la felicidad del pueblo.

El tercer nudo es el Estado. La Argentina tuvo otrora un Estado potente, capaz de ejecutar políticas y también de conceder privilegios a los grupos corporativos, que finalmente lo colonizaron y corroyeron. Desde 1976 se viene practicando lo que se ha llamado la reforma del Estado. A excepción de los años de Alfonsín, esta reforma ha consistido en reducir o simplemente suprimir aquellos instrumentos que le permitían al Estado regular y normar la vida social, así como los que servían para ejecutar sus funciones esenciales, como la educación, la salud y la seguridad. Simultáneamente, esas reformas han potenciado los mecanismos prebendarios, cada vez más personalizados. El Estado se ha convertido en el instrumento de sucesivos grupos depredadores instalados en él; una herramienta inútil para ejecutar políticas consistentes, y mucho menos para formular las tan demandadas políticas de Estado. A diferencia de lo que ocurre con la república, nadie niega que haya que mejorar el Estado, pero cada grupo que ocupa el gobierno contribuye a completar su destrucción.

En el cruce de estos tres nudos se encuentra nuestra fuerza política mayoritaria: el peronismo, un mundo complejo, con componentes diversos. Pero lo que hemos conocido de él desde 1983, con pocas excepciones, se ha caracterizado por perfeccionar las prácticas de los gobiernos electores, por potenciar el presidencialismo en detrimento de la república y por depredar alegremente el Estado, a veces con el discurso neoliberal y otras con el estatista. Seguramente hay otros peronismos. Sería bueno que emergieran y vinieran a cortar estos tres nudos gordianos.

Roy Hora

Doctor en Historia Moderna. Investigador del Conicet. Profesor en las universidades de San Andrés y Nacional de Quilmes.
Profesión: historiador
Edad: 44 años
Libros: Los terratenientes de la pampa argentina y Los estancieros contra el Estado.


El primer elemento a destacar se refiere al recelo de nuestra principal tradición política ante la idea y la práctica del pluralismo. No se trata de un fenómeno nuevo. Las agrupaciones conservadoras de la república oligárquica, el radicalismo en sus tiempos de partido mayoritario y más tarde el justicialismo se concibieron como la expresión de los auténticos intereses de la Nación. Erigidos en los promotores de la estabilidad y el progreso, la soberanía popular o la justicia social, nuestros grandes partidos hostilizaron a sus opositores y les denegaron legitimidad. La concepción polarizada y agonal del conflicto político que subyace a esta manera de concebir la disputa por el poder ha servido para estimular la movilización popular. Sin embargo, muchas veces ello se logra al costo de dañar las instituciones y afectar los derechos de las minorías. Así, la lucha política adquiere un fuerte sesgo confrontativo, que históricamente ha sido promovido tanto desde el gobierno como desde la oposición. En otras latitudes, la disputa también supone diferenciación y antagonismo, ganadores y perdedores; en nuestro país, sin embargo, la hondura de las tensiones políticas suele exceder las que dividen al cuerpo social. Más que funcionar como un agente moderador del conflicto, la vida política tiende a exacerbarlo. Y con ello la capacidad de los actores del campo político para alcanzar acuerdos sustantivos que permitan la formulación de políticas públicas consistentes y sustentables en el tiempo enfrenta obstáculos considerables.

Los problemas suscitados por este tipo de dinámica confrontativa se amplifican porque en las últimas décadas el Estado perdió capacidad para incidir sobre la sociedad. La fragilidad estatal no constituye un rasgo congénito de nuestro orden institucional. En el último tercio del siglo XX, sin embargo, el sector público mostró dificultades crecientes para proveer el tipo de bienes que le reclama una sociedad cada vez más heterogénea y exigente. El problema presenta dos facetas. El peso de las obligaciones externas, creciente desde la crisis de la deuda de comienzos de la década de 1980, ha recortado el margen de maniobra del sector público de manera drástica. Al mismo tiempo, el cambio en la sociedad, y la emergencia de nuevas demandas (las nuevas formas del crimen, la provisión de servicios de salud de alta complejidad, el envejecimiento de la población o la expansión de la educación superior) plantean desafíos de una magnitud y complejidad sin precedentes. Muchas veces, éstos exceden los recursos de una burocracia que percibe modestas retribuciones materiales y simbólicas, y que además debe actuar en un escenario signado por una alta volatilidad tanto del entorno macroeconómico como de la orientación general de las políticas públicas. La brecha entre la amplitud y la calidad de la oferta estatal de bienes públicos y las demandas ciudadanas sobre el Estado constituye un factor decisivo en la así llamada crisis de representación que tensa la relación entre el orden político y la sociedad civil.

Finalmente, el problema de la ciudadanía. De los múltiples aspectos que esta cuestión evoca, uno posee especial preeminencia: los niveles actuales de desigualdad constituyen el principal impedimento para la plena constitución de una ciudadanía autónoma. En los últimos treinta años, el sostenido avance del desempleo y la pobreza han sumido a muchos de nuestros compatriotas en el desamparo. Hasta el momento, ninguna administración ha sido capaz de revertir este declive. La Argentina, pese a ser un país de desarrollo intermedio, hoy condena a una existencia insegura y precaria a más de un tercio de su población. Niveles acentuados de privación material siempre van acompañados de dificultades para organizarse en la esfera pública, demandar la atención del Estado, acceder a la justicia, o ejercer los derechos consagrados por la Constitución. Más que cualquier otro sector de nuestra comunidad, los más vulnerables se hallan a merced de las fuerzas partidarias y las iniciativas estatales que atienden de manera selectiva sus demandas. Un mínimo de igualdad, del que la Argentina todavía está muy lejos, constituye una condición imprescindible para asegurar el derecho ciudadano a la participación en la vida colectiva.


Horacio Gonzalez

Director de la Biblioteca Nacional.
Profesión: sociólogo
Edad: 66 años
Libros: Retórica y Locura, para una teoría de la cultura argentina, La crisálida, dialéctica y metamorfosis, Filosofía de la conspiración y Restos Pampeanos , entre otros.


El primer obstáculo que percibimos es el de las recaídas constantes en una historia repetitiva: nuestro país tiene una historia fuerte, bien contada por las distintas corrientes historiográficas, una selección de figuras que siguen combatiéndose entre sí en el parnaso de los héroes, que motiva que de tanto en tanto se vuelvan a escuchar, aplacados, los destellos antagónicos entre Sarmiento y Rosas, o entre Alberdi y Sarmiento, entre Roca y Mitre, entre Perón y sus diversas descendencias políticas. Hubo batallas que interrumpieron un derrotero e intentos de reinterpretarlas a favor de los vencidos. Hubo vencidos que retornaron desde las brumas. Ninguna historia es lineal, acumulativa o circular.

Pero a lo largo de la historia nacional, se sintió el peso recurrente de la repetición, que es la forma fácil de comprender los acontecimientos. Cuando esto ocurrió existieron fuerzas intelectuales que se lanzaron a romper esos sortilegios binarios, que a veces son mitos disecados. A diferencia de los mitos silenciosos y yacentes que siempre recreamos en nuestro lenguaje. Los primeros son obstáculos. Los segundos, no.

En 1837, la magnífica décima palabra simbólica escrita por Alberdi pudo imaginar lo que llamó "abjuración" de las corrientes enfrentadas que hasta dominaban la escena con ensambles apenas binarios. Se trataba entonces de "superar" lo que ofrecían unitarios y federales. ¿Pero era alcanzable ese ideal superador? A lo largo del siglo veinte no hay fuerza política que, aun siendo mayoritaria, no lo haya intentado. Lo hizo el peronismo del 73, pero quizás también el de los orígenes, el Alfonsín del 83 y quizás también la "democracia social" que en medio de conocidas dificultades intentó Yrigoyen, incluso lo que se formuló en los primeros tiempos de Kirchner, por no hablar de lo que siempre estuvo latente en el extinto Frepaso: "un tercer movimiento histórico". Recrear la historia popular quizás reclama hoy grandes gestos equivalentes, respetando legados y ampliando horizontes intelectuales.

En segundo término, percibo que ante la necesidad de profundizar la democracia -lo que debe entregarle inevitablemente notas de sensibilidad social nuevas-, deben resguardarse los nuevos derechos que emanan de una revisión de las raíces restrictivas que se evidenciaron en nuestros cuerpos legales y visiones culturales, aun considerando que la Constitución Nacional siempre respaldó formas abiertas ante corrientes culturales provenientes de "todos los pueblos del mundo". La afirmación de derechos de los pueblos preexistentes, de nuevas comunidades y formas de interrelación personal o familiar, de conceptos y estilos comunicacionales, presuponen analizar con espíritu innovador la propia formación del Estado Nacional y sus atributos, voluntaria o involuntariamente coactivos, que impiden nuevos pactos culturales de amalgama social y popular. Estas carencias imposibilitan también la reafirmación de las fuentes creadoras del trabajo. Reafirmación que es una vieja idea emancipatoria que se remonta a los orígenes del sindicalismo argentino. La idea de pueblo-mundo, otra vez de Alberdi, puede ser inspiradora en este caso.

Por último, hay que tener la perspicacia colectiva de entrever obstáculos políticos que provienen de la carencia de un ámbito que sea propicio al fervor de las filosofías sociales, anunciadoras de los cambios necesarios, embebidas de universalismo creativo y enraizadas en las singularidades de la historia nacional, tal como en el siglo XIX lo promovió el joven Alberdi, en el siglo XX Carlos Astrada y, más cercano a nosotros, el vastísimo movimiento de derechos humanos del que hay que extraer conclusiones genéricas sobre la condición humana en el marco concreto de una nación inacabada, donde perduran aún muchas injusticias.

Estos y otros mojones relevantes muestran cómo se percibieron los obstáculos pero también la manera de superarlos.


Roberto Cortes Conde

Profesor emérito, Universidad de San Andrés.
Profesión: abogado con posgrado en sociología
Edad: 78 años
Libros: La economía política de la Argentina en el siglo XX, Historia Económica Mundial. Desde el Medioevo hasta los tiempos contemporáneos y Auge y Decadencia de la Argentina en el siglo XX
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Una mirada retrospectiva sobre el camino recorrido hasta este Segundo Centenario es bastante decepcionante. Mientras que entre 1870 y el Primer Centenario la economía creció al doble del ritmo del mundo, entre la Segunda Guerra y el fin del siglo XX lo hizo a la mitad. No sólo se quedó detrás de los países desarrollados, también de Brasil y México. Esto no se limitó a la economía: los resultados de las últimas encuestas internacionales de educación muestran un retraso significativo. No es que en el Centenario todo estuviera bien. Existieron tensiones sociales y políticas, pero la protesta no siempre va unida a la miseria y la agitación era común a los países adelantados. Los registros de crecimiento son notoriamente distintos. No se trata de que el país no tuviera capacidad de crecer, tuvo períodos de importante expansión aunque nunca llegaron a sostenerse en el tiempo. Hasta la segunda mitad del siglo XX la reversión de la tendencia se debió a factores externos, guerras y crisis mundiales pero, desde entonces, a políticas internas, y las ondas expansivas no alcanzaron a más desde diez años. El problema es hoy, todavía, tener la capacidad de un crecimiento sostenible en el tiempo.

El bajo crecimiento fue causado por la incapacidad de la industria local protegida para competir en los mercados mundiales y por la baja producción del sector agrario, que incidió en el lento crecimiento de las exportaciones que no siguieron el ritmo del comercio mundial. Los objetivos de protección y pleno empleo de posguerra promovieron actividades industriales de baja productividad. El retraso tecnológico en los años cincuenta fue notable y las políticas de cambio discriminatorias hicieron más caras las importaciones de bienes de capital. Como las actividades de baja productividad no podían pagar salarios altos, se mantuvo su poder adquisitivo bajando los precios de los alimentos y de los transportes y energía, lo cual produjo severas carencias de infraestructura que pesaron negativamente sobre la producción e incidieron, entre otras causas, en déficit fiscales cuando se subsidiaron las tarifas. No se promovieron políticas para mejorar la calificación de la mano de obra (aumentando la calidad del valor agregado del trabajo) por medio de la educación. Se confió en las devaluaciones para mejorar la productividad, sin advertir que el mayor margen de rentabilidad del comienzo de una devaluación se agotaba cuando los precios domésticos subían más que los internacionales y que era imposible devaluar continuamente sin caer en una explosión inflacionaria. En el sector agropecuario las políticas discriminatorias de alimentos baratos se reflejaron en su baja producción y en exportaciones que subían lentamente, lo que fue un limitante del crecimiento. Durante la mayor parte del siglo la baja rentabilidad del agro, debida a precios distorsionados por los gobiernos, desalentó la incorporación de mejoras tecnológicas.

La inflación fue causa de los serios desequilibrios fiscales y monetarios y el retraso de la economía. En su origen se debió al financiamiento, con dinero de los gastos del gobierno, con variados objetivos: subsidiar consumos, brindar créditos a tasas negativas, alimentar políticas clientísticas y un desmesurado aparato estatal. El temor confiscatorio produjo una continua fuga de capitales y el déficit de balance de pagos, todo lo cual llevó a devaluaciones reiteradas seguidas de recesión. Cuando el público dejó de usar la moneda local se terminó el recurso de la emisión de dinero y el gobierno se endeudó a tasas crecientes. La deuda alcanzó niveles imposibles y, tras un cuarto de siglo de inflación de tres dígitos y con un crecimiento negativo, se llegó al estallido hiperinflacionario de 1989-90.

Tras la crisis de la convertibilidad, una revolución tecnológica en el agro, la devaluación que aumentó por un tiempo la rentabilidad empresarial y la reestructuración de la deuda abrieron una nueva fase de crecimiento. Sin embargo volvieron los desequilibrios fiscales, la apropiación de ahorros y una fuerte expansión del gasto en medio de una preocupante inflación. La impresión es que esto ya se ha visto. Si todo se repite, es poco probable que el crecimiento pueda sostenerse en el tiempo.

Fuente: Nudos que ataron el despegue argentino - La Nación - 23/05/10
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30 may 2010

Acerca del Centenario y el Bicentenario, por Elisa Carrió.

Centenario y Bicentenario según Elisa Carrió

La diputada nacional por la Coalición Cívica de visita en Canal 26, trazó similitudes y diferencias entre los festejos por los 100 y los 200 años de Argentina y relacionó aquellas épocas con las actuales. Y fiel a su estilo analizó qué preanuncia la masividad del evento de cara al futuro inmediato.

(Ver video)

La diputada nacional por la Coalición Cívica, Elisa Carrió estuvo en "4to día" que conducen Antonio Fernández Llorente y José Fulugonio por Canal 26. Estas fueron algunas de sus declaraciones.

¿Cómo cree que se van a usar políticamente los festejos del bicentenario si es que así se fueran a usar?

También fue el centenario y si a lo mejor si entendemos los dos momentos entendemos mucho. Yo recién les comentaba qué pasaba en el centenario políticamente. La fiesta fue masiva en el centenario cuando había un millón doscientos mil habitantes y casi un millón de eprsonas estuvieron en las calles de Buenos Aires. ¿Y quién gobernaba? Figueroa Alcorta que era el presidente más impopular en el final del régimen y después vino Roque Sáenz Peña que no hizo un uso político y dijo 'acá sigue el régimen roquista”. Tuvo que abrir y el próximo presidente fue Irygoyen. Ya estaba electo Roque Sáenz Peña. O sea que ya estaban en la transición hacia la salida. La gente estaba muy crítica porque los inquilinatos estaban llenos de inmigrantes europeos que vivían en condiciones infrahumanas y pedían la rebaja de los alquileres porque los estafaban, casi lo mismo que lo que les pasa hoy a los inmigrantes peruanos, paraguayos, bolivianos. La economía estaba bien , pero la situación en el país... y la gente fue a la fiesta, ahora porque fue la Infanta Isabel? Porque era, tiene una explicación y es que la mitas de los habitantes de Buenos Aires, por eso la Presidente tiene que saber un poco más de historia. La mitad de los habitantes de Buenos Aires eran inmigrantes. Y la primera colectividad, la italiana y la segunda casi a la par era la española. Para esa gente, para la Argentina era la reconciliación con España que había sido su Madre, el Imperio, y para esos inmigrantes era muy importante, era ver a su Reina. Ahora cada cosa en su contexto. Que es fiesta? Fíjense lo que era el centenario donde estaban todas las colectividades: Anuncia al radicalismo. Ahora ¿Estaba Hipólito Yrigoyen en los actos?. No. Estaba todo la oposición, los que iban a construir el país. Estaba el régimen.

Ahora qué pasa ahora. Estaba la fiesta, y son dos cosas distintas. La fiesta era del o popular, la sensación de que había un futuro para el país. Y acá también. Estuvo la 9 de julio. Esa era la fiesta. ¿Quién estuvo en la 9 de julio? Estaba la política? No. Estaban los cantantes populares, estaba la risa, las provincias, las colectividades. Ahí estaba la fiesta. Y después estaban los actos oficiales. El Tedeum, dos Tedeum.

El protocolo...

El protocolo... Hasta la re inauguración del Colón es un acto oficial. Entonces hay que separar los actos oficiales de la calle que sólo se juntaron en un momento el 25 de mayo en ese desfile magnífico de Fuerza Bruta. Se tocaron y fíjense la Presidenta ni siquiera llega la 9 de julio. Ahora cuál es la situación de país, también un régimen deteriorado con un 70% en contra, pero es la fiesta. Es el bicentenario. ¿Y preanuncia qué? Siempre que las fiestas son tan masivas en la historia de la humanidad, preanuncian cambios. Siempre las fiestas se hicieron sobre todo en la Edad Media y en la antigüedad ¿Cuando se inicia la fiesta? Que es el carnaval... cuando van a plantar la semilla y en el momento de la cosecha. ¿Porque en el momento en que van a plantar y ligado a las fiestas religiosas? Siempre la religiosa ligada a la fiesta popular. Renovación se llama. Hacer fiestas de renovación y es una fiesta del pueblo. No están los sacerdotes, reyes, ni los jefes, se rompen las jerarquías sociales por eso vos veías gente de todas clases sociales, ahora eso preanuncia una coa muy maravillosa para la Argentina y se vivió una fiesta hace unos años, de menos cantidad. Era un acto de protesta pero terminó en fiesta y había la misma paz y la misma alegría que fue Rosario con el campo. Y la Avenida Libertador y muchos pueblos que se unieron. Entonces acá hay que seguir ese relato histórico. Y en la antigüedad si algún gobierno se metía en la fiesta era castigado por los dioses. Porque los dioses habían creado las fiestas para que sean exclusivas del pueblo.

¿Y porque no fue al Tedeum?

Por esta misma razón, porque quería estar en la fiesta no en los actos oficiales.

Ahora la dirigencia argentina tomaron nota de este reclamo popular de bajen un cambio

Vamos a ver cual es el mensaje popular. Yo hace un mes que estoy discrepando con todos los análisis que se hacen en todos los diarios. Yo apoyé la presidencia de Fellner en el Congreso siendo este del Frente para la Victoria y Kirchner quiso hacer dos cosas: quebrar al pueblo argentino y no pudo. Esta es la prueba: el mayor fracaso de Kirchner y el mayor triunfo del pueblo es que no logró dividir. Estaban todos y todas las clases. Y la segunda para mi muy importante es que a partir de febrero quisieron que no funcionara el Congreso y lo vamos a vetar. Y el Congreso hace dos semanas empezó a funcionar normalmente. Puede salir o no una ley pero funciona

Fuente: Centenario y Bicentenario según Elisa Carrió - Canal 26 - 29/05/10
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29 may 2010

El Oficialismo y la Oposición: Todos por Mariano Moreno.

TODOS POR MARIANO MORENO. Alfonsín, Fadel, Argüello, Fellner, Kunkel,
Cortina, Aguad, Rossi, Carrió y Bullrich, ayer en Congreso,
en el homenaje al prócer de la Primera Junta.


Congreso: inusual gesto de concordia política

Los diputados de todos los bloques dejaron de lado peleas y chicanas habituales. Y en la plaza del Congreso se juntaron en un homenaje a Mariano Moreno. Pasó luego del gigantesco festejo popular en las calles con que el país celebró sus 200 años.

Con una caminata compartida para dejar una ofrenda floral en el monumento a Mariano Moreno y una sesión en la que prevaleció la concordia, diputados oficialistas y opositores se mostraron a tono con lo que consideraron un "mensaje", una "señal incontrastable" o una "lección" de la ciudadanía en los festejos de los días previos. En el Congreso, la conmemoración del Bicentenario de la Revolución de Mayo generó una pausa en la confrontación acentuada a partir de diciembre, cuando el kirchnerismo dejó de controlar ambas Cámaras.

"¡Hemos llegado a la exageración de que (Federico) Pinedo se abrazara con Guillermo Moreno! El clima cambia los corazones", bromeó Felipe Solá en pleno recinto, en referencia al encuentro del jefe de bloque del PRO con el secretario de Comercio en la noche del martes

En el Salón de los Pasos Perdidos, el oficialista Alejandro Rossi le dio un abrazo a Ricardo Alfonsín y lo arengó para la interna de la UCR en la provincia de Buenos Aires: "¡Vos sos mi candidato!". El propio Solá, Elisa Carrió y Eduardo Macaluse, entre otros, elogiaron la organización de los actos por el Bicentenario. "Los días de fiesta son sagrados para los pueblos. Y todo fue perfecto, lo que hizo el Gobierno de la Ciudad y el Nacional", concedió la líder de la Coalición Cívica. La excepción la dio el discurso crítico de Oscar Aguad, jefe de la bancada radical, que generó un marcado malestar en Agustín Rossi, su par del oficialismo.

La conmemoración arrancó con una recorrida a pie hasta la Plaza de los Dos Congresos y miembros de todos los bloques coincidieron en una foto junto al monumento a Moreno. Luego, con unos 170 diputados, arrancó la sesión conmemorativa con un discurso del presidente de la Asamblea General de las Naciones Unidas, Ali Abdessalam Treki. Lo acompañó Jorge Argüello, embajador argentino ante esa organización. "En la peor de las adversidades hemos salido siempre adelante sin intentar homogeneizar el pensamiento de nadie. Este Bicentenario es la gran oportunidad de avanzar hacia algo distinto", aseguró Eduardo Fellner, presidente de la Cámara, al abrir la sesión.

Las intervenciones de Carrió, Solá, Pinedo, la socialista Mónica Fein, Alcira Argumedo (Proyecto Sur) y Horacio Alcuaz (GEN) evitaron la confrontación. Esta vez no hubo insultos ni desafíos a pelear entre Carlos Kunkel y los radicales. Rossi, en los últimos meses contrariado por los embates opositores, se mostró relajado y en un momento recorrió el recinto, saludó a Alfonso Prat Gay y a Gustavo Ferrari, se sentó a charlar con Solá. Y recibió aplausos de todo el recinto, un hecho inédito, cuando se refirió al reclamo por Malvinas y también al final de su discurso. Pero algún momento tenso no podía faltar.

Del mismo modo que Cristina Kirchner, Rossi trazó una comparación entre 1910 y la actualidad. "La Argentina creció estos 100 años, hoy tenemos una sociedad más inclusiva", sostuvo, y destacó que en los festejos "el pueblo nos dio una lección de grandeza a todos, hubo seis millones de personas y no se rompió ni una vidriera". De entrada, Aguad refutó las consideraciones de Rossi: "Cuando se celebró el Centenario se vivía un clima de optimismo y de futuro promisorio. En estos días la mayoría de nuestros compatriotas están desencantados por los interminables desencuentros". Y enunció cifras para marcar lo que consideró la "decadencia" del país. A los dos minutos, el jefe de bloque kirchnerista se levantó de su banca. "Encontrar a la prensa y a la libre circulación de las ideas como los responsables de los fracasos forma parte de una cultura autoritaria", insistió Aguad. En el oficialismo hubo lamentos porque Rossi ya había hablado y no pudo contestarle.

Después volvió el clima y los discursos conciliadores, los homenajes por los aniversarios de las muertes de Alfredo Bravo y Arturo Jauretche. ¿Podrá implicar un cambio, aunque fuera mínimo, en la actividad legislativa a puro choque en esta etapa? "Esperemos que esto no pase cada 200 años. En estos días vemos una fuerte demanda de que se reduzca la descalificación entre las fuerzas políticas", expresó optimismo Ricardo Alfonsín. "No vamos a seguir así, vuelve el trabajo y vuelven las diferencias. Pero con la esperanza de estos días, el trabajo es menos dificultoso", matizó Carrió. Los violines de la orquesta funcionaron como el cierre adecuado de una jornada dominada por una armonía inédita para el actual Congreso.

Fuente: Congreso: inusual gesto de concordia política - Clarín - 27/05/10