La Revolución de Mayo, el inicio hacia nuestra independencia

Del 25 de Mayo al 9 de Julio

Bienvenido al Blog Alegorico del Bicentenario Argentino, del partido Coalición Cívica ARI Córdoba.

Nuestra intención aqui es acercarte información sobre la revolución de mayo, sobre como vivimos el Bicentenario como argentinos que somos, y por eso, queremos invitarte a reflexionar como tal, a partipar de las encuestas sobre tu punto de vista, y sobre actividades que pensamos realizar más allá incluso de la fecha patria del 25...

Porque nos interesa tu opinión y porque queremos seguir sintiendo y valorando la libertad, la igualdad, la independencia, y tanto más que significo nuestro origen, es que queremos empezar a reflexionar sobre el "Ser Nacional" y por eso tenemos programadas actividades para vos, durante lo que resta del 2010- en este 2010, año del Bicentenario- en la que vas a decidir sobre las mismas. Incluso este 9 de Julio proximo es otra gran fecha para todos, para la totalidad de la Nación Argentina, como otros dias patrios por venir.

Encuestas:

Danos tu punto de vista: porque tu voto decide...

Nuestra Identidad Cultural: ¿Que es lo más "Argentino" para vos?

¿Qué "Actividad" a realizar te resultaria más interesante?.

26 jun 2010

2010 Futbolero: Argentina es Mundialista...


En Junio-Julio, todos con Argentina en el mundial de futbol.

Comenzo Sudafrica 2010...

La Selección Argentina , una pasión de multitudes:




...Ya clasificamos para los Octavos con puntaje perfecto (tenemos de rival a Mexico), salimos primero en el grupo B con un buen desempeño, y solo nos queda seguir alentando más y más, todos juntos alentando hasta la final!
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21 jun 2010

Desde Opinión Abierta: "El autoritarismo y la corrupción", por el Dip. Nac. Carlos Vega

Los artículos de Opinión no representan la posición oficial de la Coalición Cívica

El autoritarismo y la corrupción

por Diputado Nacional Juan Carlos Vega

Para salir de la decadencia debemos desterrar de nuestras prácticas la liviana convivencia que tenemos con el autoritarismo y la corrupción.

Doscientos años de vida como país merecen algo más que homenajes y flores. Creemos que el Bicentenario es una oportunidad histórica para reflexionar sobre las causas reales de nuestra decadencia como país. No con la finalidad de complacernos en el dolor de las pérdidas, sino para diseñar un país diferente y mejor.

La decadencia de nuestro país tiene una fecha histórica precisa. En 1930, la Argentina se cae de la modernidad del siglo 20. Se cae en términos económicos, pero sobre todo en términos institucionales y culturales. Allí, estaba el germen del terrorismo de Estado, el más sangriento de América latina. Allí, estaba el germen de nuestra larga inestabilidad política y de la cultura de la ilegalidad y, por ende, el germen de la inseguridad jurídica. Allí, se estaba gestando el default de la deuda soberana de 2001, también el más grande del siglo 20.

Sólo con un diagnóstico histórico honesto y descarnado de nuestro pasado, podremos mirar el futuro e intentar diseñar un nuevo modelo de país. Pero ese diagnóstico de culpas y fracasos debe ser asumido por toda la sociedad.

Genocidas y corruptos. Los argentinos debemos asumir que nuestras conductas sociales han permitido que genocidas y corruptos nos gobiernen durante casi todo el siglo 20. Los corruptos y los autoritarios no cambian nunca por la sencilla razón de que no les conviene cambiar. Con la corrupción y el autoritarismo se gana.

La historia nos muestra que países con peores crisis que las nuestras se atrevieron a enfrentar errores históricos y pudieron superarlas y escapar de procesos de disolución y decadencia. Fue el caso de Francia, cuando pasa de la IV a la V República. Fue el caso de España, después de 30 años de franquismo, cuando se integró a la Unión Europea. Fue el caso de Alemania y Japón que, de derrotados en la Segunda Guerra, pasaron a ser líderes del mundo 40 años después.

La decadencia tiene como signos:

El autoritarismo cultural que nos lleva a ver al diferente como enemigo. La dialéctica amigo/enemigo y la de absolución/condena están instaladas en el inconsciente colectivo y generan cegueras y ocultamientos, y claras dificultades a la hora de conciliar y de respetar al prójimo. No hay paz social con culturas autoritarias.

Una liviana convivencia con la corrupción. Es la tendencia de creer que la viveza criolla es una virtud. Perdonar el robo por vía del éxito y sostener que el éxito borra la corrupción es el segundo huevo de la serpiente. Debemos entender que el autoritarismo como la corrupción, más allá de ser vicios y no virtudes, sólo benefician a los ricos y a los poderosos, nunca a los pobres.

La corrupción es un delito del poder (político y económico) y ella necesita, para sobrevivir, del autoritarismo y la ilegalidad. Éste es el huevo de la serpiente de la decadencia argentina y tiene una matriz histórica clara y concreta, que es el golpe de Estado de 1930. Pero debe saberse, y esto es lo que debe cambiar en la historia argentina, que mucho más importante que el golpe de Estado en sí, fue la doctrina de la Corte Suprema de Justicia sobre la continuidad jurídica del Estado. Esa doctrina, que legaliza el primer golpe de Estado militar en el siglo 20, va mucho más allá de lo cultural. La Justicia legalizó la fuerza como valor de norma jurídica y de orden social. Y esa legalización de la fuerza por parte del Derecho argentino es la matriz de infierno de la decadencia argentina. Esa matriz nos llevó a creer que el problema era económico; que los militares autoritarios eran eficientes y que las democracias eran débiles y no garantizaban nada.

En el siglo 21, la riqueza de las naciones no pasa por la riqueza de territorios o de subsuelos ni por el poderío de las armas, sino por la riqueza de sus instituciones.

Basta ver el mapa del siglo 21 para advertir que no existe ejemplo alguno de país de peso en el escenario internacional y calidad de vida de sus habitantes que carezca de instituciones sólidas, de poderes independientes y de controles legales imparciales.

No se ingresa al Primer Mundo a través de un aumento del producto interno bruto (PIB) ni a través de los superávits de las balanzas de pago o comerciales, o del crecimiento de las reservas del Banco Central. Hoy, las riquezas petroleras, mineras, militares o agrícolas no garantizan de manera alguna crecimientos sustentables del PIB ni, menos, calidad distributiva en el ingreso.

Los países crecen en lo económico y sus sociedades distribuyen equitativamente sus riquezas sólo si tienen instituciones sólidas y confiables por parte de la sociedad.

En la Argentina, para entrar al club del Primer Mundo, debemos comenzar por relegitimar socialmente el poder del Estado. Un poder devaluado, que fue usado primero para ejercitar el terror y luego para proteger la corrupción. Un modelo nuevo impone recuperar la legitimidad del poder del Estado.

Entender que la democracia más que un sistema de elección de gobernantes por gobernados es un sistema de valores de respeto al diferente. Ése es el primer paso para salir de la decadencia. Ese debería ser el primer desafío del Bicentenario.

Y, para ello, debemos desterrar de nuestras prácticas culturales la liviana convivencia que tenemos como argentinos con el autoritarismo y la corrupción.

Juan Carlos Vega (Diputado Nacional - Coalición Cívica - Córdoba)
La Voz del Interior 28 de mayo de 2010
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20 jun 2010

20 de Junio: día de la Bandera


Bandera Nacional

Creada por Manuel Belgrano en 1812 durante la gesta por la Independencia de las Provincias Unidas del Río de la Plata. El 20 de Julio de 1816 mediante Decreto se la adopta como Símbolo Patrio, y en 1938 el Congreso Nacional sanciona una ley en la que se fija como Día de la Bandera el 20 de Junio, aniversario de la muerte de su creador.

Compuesta por tres franjas proporcionales, dos azules celestes separadas por una franja blanca central que lleva un sol naciente de color amarillo oro, rodeado de 32 rayos: 16 rectos y 16 curvos alternados.

Las medidas de la Bandera Oficial son: 1,40 mts. de largo por 0,90 mts. de ancho.

1er. Decreto Oficial sobre la Bandera

La consagración legal de la actitud tomada por Belgrano el 27 de febrero de 1812, correspondió al Congreso de Tucumán por iniciativa del diputado Juan José Paso. El Decreto, redactado y presentado por el diputado por Charcas, José M. Serrano, fue aprobado en la Sesión del 20 de julio de 1816 de la siguiente forma:

"Elevadas las Provincias Unidas en Sud América al rango de una Nación después de la declaratoria solemne de su independencia, será su peculiar distintivo la bandera celeste y blanca que se ha usado hasta el presente y se usará en lo sucesivo exclusivamente en los Ejércitos, buques y fortalezas, en clase de Bandera menor, ínterin, decretada al término de las presentes discusiones la forma de gobierno más conveniente al territorio, se fijen conforme a ella los jeroglíficos de la Bandera nacional mayor.
Comuníquese a quienes corresponda para su publicación".

Francisco Narciso de Laprida, Presidente. Juan José Paso, Diputado Secretario.

25 de febrero de 1818

El Congreso de Tucumán (trasladado a Buenos Aires), a propuesta del diputado Chorroarín, aprobó como bandera de guerra la misma que ya se usaba, pero con el emblema incaico del sol en el centro.

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10 jun 2010

Desde Opinión Abierta: "Un país sin futuro", por el Dip. Nac. Fernando Iglesias

Los artículos de Opinión no representan la posición oficial de la Coalición Cívica

"Un país sin futuro"

por Diputado Nacional Fernando Iglesias

La previsibilidad revestida de fasto con la que la Argentina festejó su bicentenario expresa dos de las principales razones del doloroso desencuentro que es esta sociedad: la confusión entre ciudadanía y nacionalismo, y la triste obsesión por el pasado.

Ríos de tinta corrieron sobre el cauce de la polémica entre quienes festejaban el segundo centenario y quienes recordaban con congoja el país del primero, como si una sociedad pudiera elegir entre su presente y su pasado olvidando el rasgo distintivo que distingue a nuestra raza de la animalidad: la orientación al futuro. ¿Qué programa político capaz de reconciliar a las provincias con su capital, al campo con la ciudad, a las clases medias con las trabajadoras y a la Argentina con el mundo, esa tremenda oportunidad, se ha enunciado estas semanas? ¿Dónde estaban las discusiones acerca de la revolución educativa que debe redistribuir nuevamente oportunidades según los méritos y no las herencias y recrear aquella ola de ascenso social que fue lo mejor de la Argentina del siglo XX? ¿Dónde la polémica sobre las formas en que se deberá abandonar las antinomias entre el agrarismo y el industrialismo para entrar en la sociedad de la información y el conocimiento del siglo XXI? ¿Quién ha dedicado sus energías a analizar las nuevas formas con las que la política debe enfrentar -en un universo globalizado por la tecnoeconomía- los desafíos planteados por las corporaciones o cómo el estado puede defender los intereses nacionales ya no por el aislamiento y la confrontación, sino mediante la integración, regional y mundial, la reforma democrática de la ONU y la construcción de un orden global más democrático y humano?

Nada de esto sino todo lo contrario: el nacionalismo como nueva religión; su festejo, como nuevo opio de los pueblos. Un país convencido de la bondad de su triste presente o creyente en que la única salida es la vuelta a las glorias del ayer. Y en el festival de sinsentidos encabezado por historiadores especializados en asincronías -que se los escucha decir que los problemas nacionales son los mismos de hace dos siglos y se teme que estén preparando un nuevo cruce de los Andes- la peor opinión fue la de la Presidenta, quien comparó a la Argentina de 2010 con la de 1910 como si el tiempo fuese una opinión y no la materia con la que se teje la Historia, y como si los millones de emigrantes que dejaron entonces Europa por la Argentina y la prefirieron entre todos los destinos americanos y los miles que abandonan el país en la dirección opuesta fueran víctimas de una alucinación.

El Bicentenario pasó desmintiendo al pensamiento mágico y confirmando lo que todos sabíamos de nuestra experiencia personal: el día posterior al cumpleaños nunca es demasiado diferente al que lo precedió. Los festejos, esa versión tamaño-baño de las celebraciones escolares, decían la verdad: allí estaba el folklore de inicios del siglo XIX, el tango de mediados del XX y el rock del final. Las manifestaciones de la cultura musical de la Argentina del siglo XXI, el rock-chabón y la cumbia villera, no se podían ni presentar. Cruda radiografía de la decadencia, no estaba en los stands la Argentina del futuro, la de la información, el conocimiento, la diversidad cultural, la innovación y la subjetividad transformados en paradigmas creadores de riqueza social y económica; la de los niños de todas las clases manejando computadoras, comunicándose sin prejuicios con el mundo y soñando con ser astronautas, científicos a la búsqueda de los límites de la nano-materia, creadores de empresas de avanzada o dirigentes comprometidos con un sistema global más democrático y con un país que supere la ridícula antinomia entre república y justicia social.

Nones. Un siglo de fracasos y el mito de la pueblada que procede invencible. Se junta un millón de personas en la calle y ya salen los profetas del “se viene un nuevo país”. Me permito recordar los episodios de este delirio de unanimidad que me ha tocado presenciar: Ezeiza, la asunción de Cámpora, el mundial 78, la guerra de Mavinas, el mundial 86, los cacerolazos de 2001. Siempre, millones de personas unidas por un patrioterismo elemental. Siempre, el triunfo de los poderes constituidos y la consolidación de lo peor. Y atrás de todo y sobre todo, el imponente error de nuestro sentido-común: más nacionalismo es igual a más ciudadanía. Como si las seis millones de personas que participaron de los festejos hubieran vuelto a sus casas convencidos de que hay que pagar impuestos y tener a los propios empleados en blanco, si se es rico, y hacer bien el trabajo, si no se lo es; de que hay que combatir la corrupción donde la haya y comprometerse en política siendo al menos fiscales, y respetar las reglas, comenzando por no tratar a la ciudad como un basurero ni orinar en la puerta del vecino. Menos escarapelas y más respeto por los demás y por lo público. Menos nacionalismo y más ciudadanía.

Nada que hacerle. Otra oportunidad desperdiciada. Una nación que se debate entre su pasado y su presente. Un país sin futuro. Una sociedad auto-celebratoria que sigue fracasando porque es incapaz de mirar a la cara las causas de ese fracaso y dejar de proponer más de lo mismo. Un país sin ciudadanos y repleto de habitantes que conciben el amor a la Patria como un partido de fútbol. Estos festejos me han hecho recordar aquella poesía de Wystan H. Auden: “Las caras a lo largo de la barra / se aferran a su mediocre jornada / Las luces nunca deben apagarse / La música debe siempre sonar / Todas las convenciones conspiran / para que este regimiento militar simule / el mobiliario de una casa / Por miedo a que veamos dónde estamos / perdidos en un bosque de fantasmas / niños temerosos de la noche / que no han sido nunca felices ni buenos”. Por suerte Dios, que es argentino, ha hablado ya desde las telepantallas y ha prometido que no nos abandonará en este Mundial.

Fuente: Opinion Abierta: "Un país sin futuro", por Diputado Nacional Fernando Iglesias - Mayo 2010
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7 jun 2010

¿Que nos deparará el 2016?...

Aclaración: todas las Opiniones a continuación no reflejan la posición oficial del partido, sino que intentan ser enunciativas nada más, o sea, a invitar al debate sobre puntos de vista, respecto a nuestro presente y pasado


Reflexiones hacia 2016 / Aportes desde el pensamiento
Ideas para el nuevo Bicentenario

Distintos intelectuales analizan cómo debe prepararse el país para celebrar los 200 años de la Independencia

Concluidos los festejos del Bicentenario, quedó planteado un interrogante frente al futuro: ¿cómo debe prepararse la Argentina para celebrar los 200 años de la Independencia, en 1816?

Según la visión de varios intelectuales consultados por La Nacion, hay distintos caminos para llegar en buena forma a esa fecha. Quienes sostienen una posición crítica frente al Gobierno insisten en la necesidad de fijar acuerdos estratégicos de largo plazo, que permitan definir un proyecto de país y planificar políticas. Y sugieren, por ejemplo, reeditar obras sobre las gestas de 1810 y 1816.

Otros intelectuales, con una mirada más cercana al oficialismo, recomiendan no desperdiciar el entusiasmo transmitido por la gente en la calle y proponen reunir ideas que mantengan viva la llama del entusiasmo popular.

"No hay que tirar a la basura las banderitas y escarapelas, sino mantenerlas vivas, para que los gobiernos y la gente puedan llevar adelante un proyecto de país", resumió el escritor Mario "Pacho" O´Donnell.

"Tuvimos una manifestación bullanguera y popular, con mucha participación, en la que se rescató el pasado. Pero no se ven en el país proyectos a largo plazo, como hubo en el Centenario de 1910, durante la presidencia de Figueroa Alcorta, y también en 1960, con Arturo Frondizi", advirtió el presidente de la Academia Argentina de Letras, Pedro Luis Barcia, quien pidió no confundir "el gozo de una celebración popular con un plan estratégico".

Barcia advirtió que "no existe ningún proyecto bibliográfico ni ediciones culturales a gran escala: lo poco que se ha reeditado fue a cuenta de las editoriales". El camino, dijo, es el diseño de políticas culturales estratégicas para los próximos diez o quince años.

El escritor Abel Posse, efímero ministro de Educación del gobierno de Mauricio Macri, consideró indispensable "remodelar el sistema político, que hoy no sirve para llevar bienestar y progreso al pueblo".

Propuso llegar a 2016 "sin carrozas ni artefactos autoelogiosos, sino con un programa en el que confluyan todos los sectores políticos, productivos, financieros, intelectuales y creativos. Necesitamos gobiernos que sepan administrar la riqueza de la gente y la riqueza de la tierra".

Posse coincidió en que la semana última hubo un festejo masivo. "Fue un festival exitoso, pero no un acto reflexivo, como el que necesitamos para enfrentar la crisis", opinó.

Por el contrario, para la escritora Luisa Valenzuela los festejos del 25 son el ejemplo para seguir. "Con eso basta. Hay que pensar en una convocatoria para todos, incluyente, y se alcanzará un amplio respaldo popular", señaló.

"Hay un fervor profundo, que no existía, y hay que continuar en esa línea. La gente está dispuesta a poner el cuerpo en lo que sea necesario. Pero hay que incluir a todos", observó la laureada narradora.

Glándula patriótica
"La experiencia que nos dejó el Bicentenario es que existe una glándula patriótica en los argentinos, que se ha activado en forma casi sorprendente", dijo Pacho O´Donnell.

Dijo que "en general hemos sido una sociedad con un orgullo nacional bastante bajo, con tendencia a la autodevaluación y una obsesión por sentir lo ajeno mejor que lo propio". Y afirmó que "los gobiernos deben estimular el espíritu patriótico, a través de la divulgación de las historias de nuestros próceres y haciendo conocer sus epopeyas: si ellos fueron capaces, nosotros también podemos. Eso eleva la moral del pueblo".

El escritor Mempo Giardinelli estimó que "el Bicentenario se ha iniciado magníficamente dada la extraordinaria participación del pueblo argentino, lo que habla de un espíritu popular intacto y no de falsas crispaciones, y se completará el 9 de julio de 2016".

Giardinelli precisó: "Muchos intelectuales, desde hace por lo menos cuatro años, hemos reflexionado y aportado ideas y acciones en múltiples foros y congresos. Es justo reconocerlo, más allá de banderías políticas o tribunas ideológicas.

"Habrá que seguir ese camino de ideas y propuestas, para asegurar que en 2016 se repitan la alegría y el orgullo que vimos estos días, pero, además, con el funcionamiento pleno de los nuevos instrumentos democratizadores, como la ley de servicios audiovisuales, hoy aviesamente neutralizada, una nueva ley de entidades financieras y, desde luego, la asignación universal por hijo, resolviendo las reales necesidades de las clases populares y afirmando la igualación social que se inició recientemente".

Fuente: Ideas para el nuevo Bicentenario - La Nación - 01/06/10

1 jun 2010

4 puntos de vista, de los obstaculos que nos impiden crecer como país.

Aclaración: todas las Opiniones a continuación no reflejan la posición oficial del partido, sino que intentan ser enunciativas nada más, o sea, a invitar al debate sobre puntos de vista, respecto a nuestro presente y pasado

Especial Bicentenario
Nudos que ataron el despegue argentino

Cuatro puntos de vista sobre los obstáculos que nos impiden crecer


Luis Alberto Romero

Investigador del CONICET, dirige el Centro de Estudios de Historia Política de la UNSAM y es profesor de Historia Social General en la UBA.
Profesión: historiador
Edad: 56 años
Libros: Breve historia contemporánea de la Argentina y La crisis argentina. Una mirada al siglo XX , entre otros.

Hoy los tres nudos de la política tienen un punto de referencia: las promesas de 1983 sobre una democracia institucional y un estado providente. Los problemas se proyectan sobre un telón de fondo de referencia ineludible: la transformación social de las tres últimas décadas y la formación de un bloque de la pobreza difícil de disolver.

El primer nudo es la democracia. La que realmente tenemos está lejos de los prospectos de 1983. La clase política tiene un nivel profesional muy bueno, pero está demasiado encerrada en sí misma, con muchas preocupaciones corporativas, poco control por parte de los partidos y pocas defensas frente a las presiones del Gobierno. La sociedad no puede controlarla mucho, porque cada vez hay menos ciudadanos, en parte por la desilusión, pero sobre todo por la pobreza. La Argentina anterior a los años setenta engendró una ciudadanía activa, interesada y educada, que pasaba sin solución de continuidad del activismo social al político. Conocimos a esos ciudadanos en 1983. Pero es difícil imaginar que surjan ciudadanos como aquellos en mundos donde la subsistencia diaria no está asegurada, sin empleo regular, ni educación ni salud. Para quien está sumergido, una elección es el momento para obtener algo de inmediato. Por esa vía han reaparecido los "gobiernos electores", como los había antes de la ley Sáenz Peña: autoridades que construyen los resultados electorales. Algunos operan en provincias chicas con mucho empleo público. Otros utilizan las redes de la pobreza de las grandes conurbaciones, con sofisticados mecanismos clientelares. Pero en ambos casos, todo se inicia y revierte en el dueño de los recursos, que es la cabeza del poder Ejecutivo.

El segundo nudo es la república. En una cuestión central, como lo es la división de poderes, se advierte la manifiesta debilidad de la institucionalidad republicana. En 1983 se creyó arraigada una democracia institucional que la Argentina no había conocido nunca. Antes -y dejando de lado las dictaduras-, la tradición presidencialista del siglo XIX se potenció con la democracia de masas, plebiscitaria y unanimista de Yrigoyen y Perón. Sólo tras la última dictadura se valoraron las instituciones que regulaban y limitaban el poder. Pero gradualmente, a caballo de las dos crisis de 1989 y 2001, y con el eficaz argumento de la situación de emergencia, el Ejecutivo fue acumulando facultades que el Legislativo le transfirió voluntariamente. Hoy, quienes quieren revertir esta situación deben enfrentar un argumento sólidamente instalado en la cultura política: lo "formal", la institucionalidad y la división de poderes sólo son trabas para que los gobiernos populares realicen la felicidad del pueblo.

El tercer nudo es el Estado. La Argentina tuvo otrora un Estado potente, capaz de ejecutar políticas y también de conceder privilegios a los grupos corporativos, que finalmente lo colonizaron y corroyeron. Desde 1976 se viene practicando lo que se ha llamado la reforma del Estado. A excepción de los años de Alfonsín, esta reforma ha consistido en reducir o simplemente suprimir aquellos instrumentos que le permitían al Estado regular y normar la vida social, así como los que servían para ejecutar sus funciones esenciales, como la educación, la salud y la seguridad. Simultáneamente, esas reformas han potenciado los mecanismos prebendarios, cada vez más personalizados. El Estado se ha convertido en el instrumento de sucesivos grupos depredadores instalados en él; una herramienta inútil para ejecutar políticas consistentes, y mucho menos para formular las tan demandadas políticas de Estado. A diferencia de lo que ocurre con la república, nadie niega que haya que mejorar el Estado, pero cada grupo que ocupa el gobierno contribuye a completar su destrucción.

En el cruce de estos tres nudos se encuentra nuestra fuerza política mayoritaria: el peronismo, un mundo complejo, con componentes diversos. Pero lo que hemos conocido de él desde 1983, con pocas excepciones, se ha caracterizado por perfeccionar las prácticas de los gobiernos electores, por potenciar el presidencialismo en detrimento de la república y por depredar alegremente el Estado, a veces con el discurso neoliberal y otras con el estatista. Seguramente hay otros peronismos. Sería bueno que emergieran y vinieran a cortar estos tres nudos gordianos.

Roy Hora

Doctor en Historia Moderna. Investigador del Conicet. Profesor en las universidades de San Andrés y Nacional de Quilmes.
Profesión: historiador
Edad: 44 años
Libros: Los terratenientes de la pampa argentina y Los estancieros contra el Estado.


El primer elemento a destacar se refiere al recelo de nuestra principal tradición política ante la idea y la práctica del pluralismo. No se trata de un fenómeno nuevo. Las agrupaciones conservadoras de la república oligárquica, el radicalismo en sus tiempos de partido mayoritario y más tarde el justicialismo se concibieron como la expresión de los auténticos intereses de la Nación. Erigidos en los promotores de la estabilidad y el progreso, la soberanía popular o la justicia social, nuestros grandes partidos hostilizaron a sus opositores y les denegaron legitimidad. La concepción polarizada y agonal del conflicto político que subyace a esta manera de concebir la disputa por el poder ha servido para estimular la movilización popular. Sin embargo, muchas veces ello se logra al costo de dañar las instituciones y afectar los derechos de las minorías. Así, la lucha política adquiere un fuerte sesgo confrontativo, que históricamente ha sido promovido tanto desde el gobierno como desde la oposición. En otras latitudes, la disputa también supone diferenciación y antagonismo, ganadores y perdedores; en nuestro país, sin embargo, la hondura de las tensiones políticas suele exceder las que dividen al cuerpo social. Más que funcionar como un agente moderador del conflicto, la vida política tiende a exacerbarlo. Y con ello la capacidad de los actores del campo político para alcanzar acuerdos sustantivos que permitan la formulación de políticas públicas consistentes y sustentables en el tiempo enfrenta obstáculos considerables.

Los problemas suscitados por este tipo de dinámica confrontativa se amplifican porque en las últimas décadas el Estado perdió capacidad para incidir sobre la sociedad. La fragilidad estatal no constituye un rasgo congénito de nuestro orden institucional. En el último tercio del siglo XX, sin embargo, el sector público mostró dificultades crecientes para proveer el tipo de bienes que le reclama una sociedad cada vez más heterogénea y exigente. El problema presenta dos facetas. El peso de las obligaciones externas, creciente desde la crisis de la deuda de comienzos de la década de 1980, ha recortado el margen de maniobra del sector público de manera drástica. Al mismo tiempo, el cambio en la sociedad, y la emergencia de nuevas demandas (las nuevas formas del crimen, la provisión de servicios de salud de alta complejidad, el envejecimiento de la población o la expansión de la educación superior) plantean desafíos de una magnitud y complejidad sin precedentes. Muchas veces, éstos exceden los recursos de una burocracia que percibe modestas retribuciones materiales y simbólicas, y que además debe actuar en un escenario signado por una alta volatilidad tanto del entorno macroeconómico como de la orientación general de las políticas públicas. La brecha entre la amplitud y la calidad de la oferta estatal de bienes públicos y las demandas ciudadanas sobre el Estado constituye un factor decisivo en la así llamada crisis de representación que tensa la relación entre el orden político y la sociedad civil.

Finalmente, el problema de la ciudadanía. De los múltiples aspectos que esta cuestión evoca, uno posee especial preeminencia: los niveles actuales de desigualdad constituyen el principal impedimento para la plena constitución de una ciudadanía autónoma. En los últimos treinta años, el sostenido avance del desempleo y la pobreza han sumido a muchos de nuestros compatriotas en el desamparo. Hasta el momento, ninguna administración ha sido capaz de revertir este declive. La Argentina, pese a ser un país de desarrollo intermedio, hoy condena a una existencia insegura y precaria a más de un tercio de su población. Niveles acentuados de privación material siempre van acompañados de dificultades para organizarse en la esfera pública, demandar la atención del Estado, acceder a la justicia, o ejercer los derechos consagrados por la Constitución. Más que cualquier otro sector de nuestra comunidad, los más vulnerables se hallan a merced de las fuerzas partidarias y las iniciativas estatales que atienden de manera selectiva sus demandas. Un mínimo de igualdad, del que la Argentina todavía está muy lejos, constituye una condición imprescindible para asegurar el derecho ciudadano a la participación en la vida colectiva.


Horacio Gonzalez

Director de la Biblioteca Nacional.
Profesión: sociólogo
Edad: 66 años
Libros: Retórica y Locura, para una teoría de la cultura argentina, La crisálida, dialéctica y metamorfosis, Filosofía de la conspiración y Restos Pampeanos , entre otros.


El primer obstáculo que percibimos es el de las recaídas constantes en una historia repetitiva: nuestro país tiene una historia fuerte, bien contada por las distintas corrientes historiográficas, una selección de figuras que siguen combatiéndose entre sí en el parnaso de los héroes, que motiva que de tanto en tanto se vuelvan a escuchar, aplacados, los destellos antagónicos entre Sarmiento y Rosas, o entre Alberdi y Sarmiento, entre Roca y Mitre, entre Perón y sus diversas descendencias políticas. Hubo batallas que interrumpieron un derrotero e intentos de reinterpretarlas a favor de los vencidos. Hubo vencidos que retornaron desde las brumas. Ninguna historia es lineal, acumulativa o circular.

Pero a lo largo de la historia nacional, se sintió el peso recurrente de la repetición, que es la forma fácil de comprender los acontecimientos. Cuando esto ocurrió existieron fuerzas intelectuales que se lanzaron a romper esos sortilegios binarios, que a veces son mitos disecados. A diferencia de los mitos silenciosos y yacentes que siempre recreamos en nuestro lenguaje. Los primeros son obstáculos. Los segundos, no.

En 1837, la magnífica décima palabra simbólica escrita por Alberdi pudo imaginar lo que llamó "abjuración" de las corrientes enfrentadas que hasta dominaban la escena con ensambles apenas binarios. Se trataba entonces de "superar" lo que ofrecían unitarios y federales. ¿Pero era alcanzable ese ideal superador? A lo largo del siglo veinte no hay fuerza política que, aun siendo mayoritaria, no lo haya intentado. Lo hizo el peronismo del 73, pero quizás también el de los orígenes, el Alfonsín del 83 y quizás también la "democracia social" que en medio de conocidas dificultades intentó Yrigoyen, incluso lo que se formuló en los primeros tiempos de Kirchner, por no hablar de lo que siempre estuvo latente en el extinto Frepaso: "un tercer movimiento histórico". Recrear la historia popular quizás reclama hoy grandes gestos equivalentes, respetando legados y ampliando horizontes intelectuales.

En segundo término, percibo que ante la necesidad de profundizar la democracia -lo que debe entregarle inevitablemente notas de sensibilidad social nuevas-, deben resguardarse los nuevos derechos que emanan de una revisión de las raíces restrictivas que se evidenciaron en nuestros cuerpos legales y visiones culturales, aun considerando que la Constitución Nacional siempre respaldó formas abiertas ante corrientes culturales provenientes de "todos los pueblos del mundo". La afirmación de derechos de los pueblos preexistentes, de nuevas comunidades y formas de interrelación personal o familiar, de conceptos y estilos comunicacionales, presuponen analizar con espíritu innovador la propia formación del Estado Nacional y sus atributos, voluntaria o involuntariamente coactivos, que impiden nuevos pactos culturales de amalgama social y popular. Estas carencias imposibilitan también la reafirmación de las fuentes creadoras del trabajo. Reafirmación que es una vieja idea emancipatoria que se remonta a los orígenes del sindicalismo argentino. La idea de pueblo-mundo, otra vez de Alberdi, puede ser inspiradora en este caso.

Por último, hay que tener la perspicacia colectiva de entrever obstáculos políticos que provienen de la carencia de un ámbito que sea propicio al fervor de las filosofías sociales, anunciadoras de los cambios necesarios, embebidas de universalismo creativo y enraizadas en las singularidades de la historia nacional, tal como en el siglo XIX lo promovió el joven Alberdi, en el siglo XX Carlos Astrada y, más cercano a nosotros, el vastísimo movimiento de derechos humanos del que hay que extraer conclusiones genéricas sobre la condición humana en el marco concreto de una nación inacabada, donde perduran aún muchas injusticias.

Estos y otros mojones relevantes muestran cómo se percibieron los obstáculos pero también la manera de superarlos.


Roberto Cortes Conde

Profesor emérito, Universidad de San Andrés.
Profesión: abogado con posgrado en sociología
Edad: 78 años
Libros: La economía política de la Argentina en el siglo XX, Historia Económica Mundial. Desde el Medioevo hasta los tiempos contemporáneos y Auge y Decadencia de la Argentina en el siglo XX
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Una mirada retrospectiva sobre el camino recorrido hasta este Segundo Centenario es bastante decepcionante. Mientras que entre 1870 y el Primer Centenario la economía creció al doble del ritmo del mundo, entre la Segunda Guerra y el fin del siglo XX lo hizo a la mitad. No sólo se quedó detrás de los países desarrollados, también de Brasil y México. Esto no se limitó a la economía: los resultados de las últimas encuestas internacionales de educación muestran un retraso significativo. No es que en el Centenario todo estuviera bien. Existieron tensiones sociales y políticas, pero la protesta no siempre va unida a la miseria y la agitación era común a los países adelantados. Los registros de crecimiento son notoriamente distintos. No se trata de que el país no tuviera capacidad de crecer, tuvo períodos de importante expansión aunque nunca llegaron a sostenerse en el tiempo. Hasta la segunda mitad del siglo XX la reversión de la tendencia se debió a factores externos, guerras y crisis mundiales pero, desde entonces, a políticas internas, y las ondas expansivas no alcanzaron a más desde diez años. El problema es hoy, todavía, tener la capacidad de un crecimiento sostenible en el tiempo.

El bajo crecimiento fue causado por la incapacidad de la industria local protegida para competir en los mercados mundiales y por la baja producción del sector agrario, que incidió en el lento crecimiento de las exportaciones que no siguieron el ritmo del comercio mundial. Los objetivos de protección y pleno empleo de posguerra promovieron actividades industriales de baja productividad. El retraso tecnológico en los años cincuenta fue notable y las políticas de cambio discriminatorias hicieron más caras las importaciones de bienes de capital. Como las actividades de baja productividad no podían pagar salarios altos, se mantuvo su poder adquisitivo bajando los precios de los alimentos y de los transportes y energía, lo cual produjo severas carencias de infraestructura que pesaron negativamente sobre la producción e incidieron, entre otras causas, en déficit fiscales cuando se subsidiaron las tarifas. No se promovieron políticas para mejorar la calificación de la mano de obra (aumentando la calidad del valor agregado del trabajo) por medio de la educación. Se confió en las devaluaciones para mejorar la productividad, sin advertir que el mayor margen de rentabilidad del comienzo de una devaluación se agotaba cuando los precios domésticos subían más que los internacionales y que era imposible devaluar continuamente sin caer en una explosión inflacionaria. En el sector agropecuario las políticas discriminatorias de alimentos baratos se reflejaron en su baja producción y en exportaciones que subían lentamente, lo que fue un limitante del crecimiento. Durante la mayor parte del siglo la baja rentabilidad del agro, debida a precios distorsionados por los gobiernos, desalentó la incorporación de mejoras tecnológicas.

La inflación fue causa de los serios desequilibrios fiscales y monetarios y el retraso de la economía. En su origen se debió al financiamiento, con dinero de los gastos del gobierno, con variados objetivos: subsidiar consumos, brindar créditos a tasas negativas, alimentar políticas clientísticas y un desmesurado aparato estatal. El temor confiscatorio produjo una continua fuga de capitales y el déficit de balance de pagos, todo lo cual llevó a devaluaciones reiteradas seguidas de recesión. Cuando el público dejó de usar la moneda local se terminó el recurso de la emisión de dinero y el gobierno se endeudó a tasas crecientes. La deuda alcanzó niveles imposibles y, tras un cuarto de siglo de inflación de tres dígitos y con un crecimiento negativo, se llegó al estallido hiperinflacionario de 1989-90.

Tras la crisis de la convertibilidad, una revolución tecnológica en el agro, la devaluación que aumentó por un tiempo la rentabilidad empresarial y la reestructuración de la deuda abrieron una nueva fase de crecimiento. Sin embargo volvieron los desequilibrios fiscales, la apropiación de ahorros y una fuerte expansión del gasto en medio de una preocupante inflación. La impresión es que esto ya se ha visto. Si todo se repite, es poco probable que el crecimiento pueda sostenerse en el tiempo.

Fuente: Nudos que ataron el despegue argentino - La Nación - 23/05/10
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